Agrupación de Cofradías de Antequera

Plantilla creada por Conexanet

(1994) Rvdo. José Luis Peinado Merchante

 

Cartel  de Francisco Duran

 


 

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE ANTEQUERA

 

PRONUNCIADO EN LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN EL DOMINGO DÍA 13 DE MARZO DE 1.994

 

POR EL

 

 

RVDO. D. JOSÉ LUIS PEINADO MERCHANTE

 


 

Datos biográficos de D. José Luis Peinado Merchante

El P. José Luis Peinado Merchante nace en el sevillanisimo barrio de la Judería en el 1.939, siendo bautizado en la parroquia de San Nicolás.

 

Su condición sacerdotal le une estrechamente con los temas cofrades que tiene arraigados desde niño, pues sus preferencias le vincula por vía paterna con la Cofradía de la Amargura, y por la parte materna con la Cofradía de la Alegría.

 

Párroco de San Isidoro, Capellán de la Capilla Real y Delegado Episcopal de Cofradías y Hermandades de Sevilla.

 

En el año de 1.985 pregonó la Semana Santa de Sevilla y en el 1.994 fue pregonero de la Semana Santa de Antequera.

 


 

PREGÓN

 

Entrada.

 

En dos ocasiones rocé Antequera. Pero la he conocido y vivido en la maravillosa luz de su Agosto, cuando ni imaginaba que sería su pregonero. ¡Y me cautivó su luz!.

 

Cristo, el Domingo de Ramos, hace su entrada precisamente con radiante luz para iniciar la Pasión según Antequera: La Pollinica. Esa es la unión de lo humano y lo divino, porque la Pasión no es negrura.

 

Hoy entusiasmado, comienzo mi Pregón alabando a Dios y bendiciendo a esta Ciudad.

 

Yo te saludo, Antequera.

Y lo hago enamorado

de tu arte, tu trazado,

de tu vega y de tu gente.

Y quisiera

-pues que mi alma lo siente-

decirte en este Pregón:

¡Perla del pueblo andaluz,

me robaste el corazón

porque me embrujó tu luz!

 

Saludo.

 

Ilustrísimo Señor Alcalde de Antequera.

Reverendo Señor Capellán de la Agrupación de Cofradías.

Señor Presidente y Junta de Gobierno.

Dignísimas Autoridades.

Hermandades y Cofradías. Queridos Cofrades,

Señoras y Señores.

 

Mi razón de estar aquí

.

Un palabra me atenazó al ser designado pregonero: atrevimiento.

 

Me enfrentaba, consciente de su importancia, con tarea nunca fácil: pregonar vuestra Semana Santa, tan singular y rica en matices, no siendo hijo de esta Ciudad que, desde siglos, ha sabido construirla así.

 

Tal vez compartierais esa inquietud. Es justo, lo comprendo.

 

Pero mi ser andaluz, mi innegable ser cofrade, mi ser Iglesia –en ella sacerdote- y ese ser de nuestra tierra, evidente raíz común cuando expresa en religiosidad popular la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, hizo que se iluminara el sendero, se abriera mi camino al Pregón, se tonificara mi alma, se ahondaran mis sentires y se serenara mi espíritu; espíritu cofrade, espíritu de Iglesia, espíritu de sacerdocio -que es servicio- espíritu andaluz que, una vez más, necesita proclamar ahora que aquí, en Antequera, se une nuestra tierra, Andalucía, con el cielo.

 

Gracias

.

Porque me confiáis tan singular y honroso menester, quiero expresar el más sincero agradecimiento a la Agrupación de Cofradías por su confianza al nombrarme pregonero de vuestra Semana Santa.

 

Así como al presentador, que a su bien hacer en el pasado año ha unido, en éste, su bondad hacia quien ahora inicia su misma tarea.

 

Quede así patente, en definitiva, mi máxima gratitud a esta -por múltiples títulos y razones- impar Ciudad de Antequera.

 

Lugar del Pregón

.

Y es particular gozo poder estrenar el entrañable acto antequerano que nos convoca, en la maravilla de este Templo que nos acoge; hecho, conservado, enriquecido y mimado en su historia por los Padres Carmelitas de la Antigua Observancia –Orden que es honra y gloria de la Iglesia y uno de mis arraigados amores-.

 

Desde la parte más alta, pues, de la Ciudad, como antes lo fuera en la más llana y tendida; bajo el mudéjar artesonado que, con singular laceria, nos cubre; acogidos por el espléndido dosel que forma esta cúpula de la Capilla Mayor y, al fondo, por ese retablo orgullo cierto antequerano, Ella, la Virgen del Carmen que lo preside, Patrona de los mares, guíe la singladura de mi Pregón; Ella, secular devoción del pueblo cristiano, ordene mis ideas, avive mis sentimientos y sea mi mejor valedera para que sepa mostraros a su hijo, el Ecce Homo que también aquí oirá mis palabras.

 

Antequera.

 

Asomado a este balcón, espléndida sede, mi corazón y mis ojos vuelan, contemplando la Antequera de siglos y de ahora; ensimismado entre el Torcal y la Vega, refrescado por el más puro aire, remolino que es centro geográfico de nuestra Andalucía, síntesis de un pueblo blanco de luz y verde de olivares y pinos.

 

Antequera, donde Dios creó el irrepetible color de una Vega y el hombre sembró, en un dédalo de calles, con monumental riqueza arquitectónica, casas e iglesias de torres y espadañas, cual inefable pintura. Antequera de los contrastes: la que mucho muestra y más encierra.

 

Donde la aparente dureza de la piedra y el ladrillo en sus edificios cobija, por contra, la exquisita sensibilidad de un pueblo viejo y sabio.

 

Pueblo que une a la más activa vida ciudadana la paz y el sosiego de sus muchos conventos.

Pueblo que une la alegría de su juventud con la más sólida formación que ejemplares Ordenes Religiosos, generación tras generación, les transmiten. Pueblo que une su abierto cielo con un trazado urbano que admiramos.

 

Pueblo que une a su excelsa nómina de hijos ilustres, en los diversos campos de la vida y del saber, la reciedumbre y sencillez de sus hortelanos y laneros, de sus curtidores y labradores, de sus herreros, carpinteros, tallistas, de todos los que, antes y ahora, conforman el ser de esta tierra.

 

Pueblo que ha enriquecido el interior de sus Templos para llenarse de Dios y, por contraste, ha erigido esas Capillas Tribunas –emblemático Portichuelo, Santiago y Cruz Blanca-, Capillas abiertas y callejeras, alguna hasta votiva, de lámparas de aceite, para santiguarse, rezar a Dios al paso y saludar a su Madre.

 

Pueblo que une lo alto de su Torre del Homenaje, templete de Papabellotas, donde parece respirarse a Dios más cercano, con igual categoría allá abajo, donde la Plaza de San Sebastian es eje que expande el maravilloso encaje que bordan Encarnación y el Coso Viejo, el nacimiento de las Cuestas, Infante Don Fernando y la Alameda.

 

Pueblo que une a sus afamadas y esplendorosas fiestas de Agosto, una Semana Santa con todos los rasgos de su propia personalidad y que ha sabido mantenerla sin adulterar, con tal categoría, a través de los siglos.

 

Con la ayuda de Dios y de su Madre, rebosando gozo y con vuestra venia, ¡esa! es la Semana Santa que me dispongo a pregonar.

 

Ser autóctonos.

 

Cuanto os he dicho no es canto de halago sino puro convencimiento, que nace de lo palpable y lo evidente.

 

Ello me lleva a suplicaros que, como hasta ahora, mantengáis ese sentido autóctono que tiene esta Semana Santa, que no lo perdáis, ¡por Dios!, ya que es tesoro inigualable y antequerano.

 

Hoy, cuando los tiempos empujan a uniformar estas manifestaciones, más que por facilitar las cosas porque nos deslumbran ciertos modos, Antequera posee maneras que, además de ser suyas en exclusiva,  nada tienen que envidiar.

 

Así Antequera conserva, de siglos, Cofradías e Imágenes. Por eso no faltará –como no falta donde la Orden Trinitaria está, o ha estado, establecida- un Jesús Rescatado, que en Pasión es Ecce Homo que sufre y se muestra Cautivo por nuestra redención. ¡Ay, ese Martes Santo junto a Maria Santísima de la Piedad, qué inefable encuentro cuando se miran y bajan juntos hacia su Templo! Cristo remediador de males del espíritu, que también trae bienes y gracias materiales a un pueblo que siempre supo hablarle y, con plena confianza, pedirle; que por eso tantos detrás, con velas encendidas, tantos descalzos, le van diciendo sin palabras ¡tantas cosas!, durante todo el recorrido.

 

Como Antequera sabe conservar la singularidad de ese trono, el primero de los tres que son el Viernes Santo orgullo de la Hermandad de Arriba: porque no encontrareis en otra Semana Santa la Cruz de Jerusalén  procesionando, peana que la soporta –monte de luz viva- dos ángeles que la sustentan, heráldica celestial antequerana.

 

Como Antequera es única en sus palios: porque única es su esbeltez, por la altura que, en logrado canon de belleza, pretende y consigue que sus Vírgenes  se vean sin que nada distraiga el dolor y el mensaje de Pasión que, por las calles, Ella va dictando.

 

Y es única en sus varales, por la disposición de los mismos, cuando los arracima y hasta por su número.

 

Y es única por el manto que pone sobre los hombros de sus Vírgenes; en medida tan propia que es la exacta en la proporción que este pueblo, sin influencias, ha querido y sabido darle.

 

Tantos son los concretos matices de este empeño de conservación, que desbordarían mis palabras.

 

Pero asimismo, Antequera tiene una Semana Santa viva, no cerrada al signo de los tiempos, fiel a la insistencia de la Iglesia en el deber de escudriñarlos. Por eso, ha sabido devolver al Dulce Nombre de Jesús Niño, de la Hermandad de Abajo, a sus procesiones cuando el devenir de la historia lo dejó en su Templo. Su Niño Perdido otra vez en sus calles, con sus devotos, con todos aquellos que no se explicaban esa ausencia entre las filas nazarenas.

 

Y, con el hondo valor que ello tiene, esta Semana Santa igualmente se ha abierto a todo y a todos en la vida del año que es su razón de ser haciendo iguales, sin distingos, a sus hermanos, llenando y enriqueciendo más y más el campo de apostolado en el culto y la cultura, en la convivencia y lo social, en una caridad ardiente de fraternidad que no sólo mira a los de dentro, en la Hermandad, sino también a cualquier antequerano que manifieste necesidad.

 

Resultaría, pues, pecado imperdonable destruir lo que vuestros antepasados os legaron con certera maestría, o dejarse arrastrar por las modas de los tiempos. Eso es ser autóctonos, es decir, ser de aquí, donde nada hay que copiar y mucho que conservar para Dios en su Pasión, Muerte y Resurrección y su Madre Dolorosa sigan siendo, por todo el año y de singular modo en la Semana Santa, puramente antequeranos que salen, como lo hicieron con vuestros abuelos también, a buscar a los antequeranos de hoy.

La imagen. Centro de la Cofradía en la calle.

 

Hay algo que llama poderosamente la atención en esta Semana Santa, algo que entra por los ojos vivamente. Es –ya lo apunté- cómo destaca la Virgen en su trono cuando procesiona por sus calles. Y digo sus calles, porque son de Ella en todas sus advocaciones.

 

Sí: ya que al contemplarla mejor, por ser único centro de las miradas, nuestro espíritu volcará en Ella vivencias y sentires, esto es, todo lo que de fe y vida cada uno lleva dentro. Que así, asido fuertemente a Maria, encuentra descanso y alivio al duro, diario camino de la vida, vida tantas veces cruz, pesada cruz, en definitiva cruz.

 

Descanso y alivio para los Estudiantes, que en su Virgen aprendieron y aprenden cada día a traducir la Cruz, Vera Cruz, identificando con la Cruz a Ella, de ahí su nombre. Virgen de dulce fortaleza, llanto que es sosiego, boca de suspiro doloroso, hecha lección cada noche del Lunes Santo en que

 

Viene, con los ojos bajos

y su pecho entrecortado

y hay lágrimas en sus ojos

pero son dulces sus labios.

Y es disfrute, un año más,

ver el esfuerzo y trabajo,

logro de esta Vera Cruz

que hace camino al compás

y al son del primor de su palio

que envuelve a la Madre en luz.

Ni precisaría Palacio

de Nájera, ni de Torre

del Museo, cuando recorre

–todo mimo, todo esmero-

esa Virgen tan despacio

su itinerario horquillero.

¿Qué pide a sus Estudiantes

y a todo el antequerano

que le rinde el corazón?:

La entrega, fiel y constante.

Calle de la Encarnación

codo a codo los hermanos,

horquillas de fortaleza

a juego con su belleza,...

¡y un verde de Resurrección!.

 

Mi propósito.

 

Un propósito que ahora cumplo, ha marcado línea, ha guiado mi Pregón: desde que comencé a poner en orden las ideas que he de expresar hoy aquí, mi obsesión como pregonero fue y es la de no quedarme en sólo cantar el desarrollo, espléndido desarrollo, que tiene la Semana Santa de Antequera, esto es, en traer aquí lo que vemos que ocurre en la vida ciudadana, los Templos y las calles de esta Ciudad durante esos siete días.

 

¡No! Una Semana Santa tan honda, tan suya, pretende -y lo consigue- darse a propios y a extraños. Luego tiene que haber, ¡la hay! una razón de este logro; que es, efectivamente, el fruto del hacer de unas personas con una seria motivación, personas que, ademas, han abrazado el duro esfuerzo que siempre conlleva todo lo grande y lo serio.

 

Quiero decir que me obsesionó cantar no sólo lo que se ve en vuestras calles sino lo alto, lo noble y lo digno que sostiene e impulsa la inigualable manifestación que vive todo el pueblo,  obra patente y consecuente de Antequera y sus cofrades, convencimiento y realidad que jamás se han quedado, se queda, ni se quedará sin esa sustancia. Tenía que profundizar, desentrañarlo y deciroslo, porque es valor impagable que aquí hay, y porque es exigencia ineludible en los tiempos que vivimos, para no equivocar ni equivocarse, para mostrar y hasta  subrayar que durante esos siete días no son la mera tradición, ni los meros actos culturales los que enseñorean la calle antequerana, sino que quienes salen a ella, la pasean y la ganan por completo son Cristo que sufre, muere y resucita y Maria, la Madre, la Dolorosa. Que esta es la forma y expresión de la más sentida y cierta religiosidad popular.

 

Quien lo hace.

 

Y me fijo en el hombre, antequerano de nacencia, o de vinculación porque Dios lo quiso y el cariño lo rubricó.

 

Ese antequerano es cofrade. Sus ojos, sus oídos, todos sus sentidos y sentires, tienen, en cada uno, el signo de una Hermandad; que es no sólo un nombre, una historia, una mayor o menor riqueza, un Templo o Capilla en este o aquel lugar de la Ciudad, sino un sello, para el que da nombre propio a Cristo y a Maria, unos nombres concretos que marcan a fuego el corazón de este antequerano. Y la Ciudad y cuantos le conocen, o no, dirán “ese es del” Rescate, o del Mayor Dolor, o de la Soledad, o de los Dolores, o del Consuelo, de la Pollinica, de los Estudiantes, o de la de Arriba o de la de Abajo –Socorro o Paz-.

 

Ser cofrade que aquí no precisa el que se sea nazareno, porque la enfermedad, o ya el achaque de la edad, puede no permitir su salida en la procesión; o porque el tirón del alma siempre vino –y seguirá viniendo- al ver a Cristo, a su Madre, fuera de las filas nazarenas; y el cofrade los mira así, con distancia que no rompe la intimidad al contemplarlos, y así puede hablarles.

 

Cofrade que cuando se integra en el cortejo puede hacerlo descubierto el rostro, que es símbolo de dar la cara por Cristo; o llevándolo cubierto, en absoluto anonimato que ayuda al recogimiento y es signo de penitencia.

Cofrade que puede procesionar como hermanaco, siempre generoso hombro, palabra que es orgullo en esta tierra, pues que señala a quienes, con el corazón más que con sus hombros, cargan los tronos, ponen a Cristo y a Maria en alto ¡como debe estar!.

 

O es el cofrade que tiene la responsabilidad, como Hermano Mayor de Trono, de que a su voz se aúnen los esfuerzos y todos se plieguen a un mismo hacer por lograr sacar el trono cuando su voz grita el definitivo ¡Arriba!. Que pone en movimiento la procesión; mano para el mazo que, a golpe de campana, da paso al trono; fundidor de la confraternidad, que marca la sístole y diástole de los corazones hermanacos; mazo y campana, aviso y regla del esfuerzo.

 

Dejadme que ponga junto al Hermano Mayor de Trono, allí, sobre el puro suelo de la calle, a su lado, al Niño Perdido, Campanillerito Mayor –todo un lujo- para la Semana Santa antequerana. Niño al que desprendería, por esa vez, de su espléndida corona, bajaría de los hombros de los ángeles que le sustenta y, aprovechando su mirada al cielo, le dispondría de este modo, desde su niña altura, a mirar a todos los hermanacos que le llevan en paseo de Pasión por Antequera, o a mirar a la Madre Dolorosa... para que así este Niño pueda dar con el mazo el primer toque, suene recia la campana, y al ponerse en marcha los corazones sea Él, Divino Niño Perdido, y solo Él quien marque el son de los pasos.

 

¿Qué quien hace, pues, la Semana Santa de Antequera?: ese cofrade, ese nazareno, ese hermanaco, ese Hermano Mayor de Trono, ¡y el pueblo!. Pueblo que tantas veces no es mero espectador porque sabe entablar el mejor diálogo con Cristo y su Madre, pueblo que es apoyo y calor para sus Cofradías.

 

Pueblo que sabe leer en ese Nazareno de la Sangre cuando, la tarde del Lunes Santo, le ve aparecer en la Puerta del Compás de San Francisco y comprueba pasmado, un año más, como Cristo toma y abraza el madero de la Cruz con firme delicadeza. ¡ay, esa mano derecha del Nazareno de la Sangre!- mientras Cristo ha de quebrar la cintura y flexionar sus rodillas y todavía el pie lo apoyará de puntillas. Dos ángeles sujetan el larguero en el frontal, y la suave mecida de un insólito palio, cuatro faroles y un suelo de claveles rojos como presentida y abundante sangre, enmarcan al ensimismado Nazareno.

 

Pueblo, al atardecer del Viernes Santo, también sabe leer en nuestro Padre Jesús Nazareno que, con un fondo de cielo y sierra del Torcal, se dispone a bajar. Porque su lección aquí es la del fuerte abrazo a la Cruz que le distingue –ved sus manos, que la abarcan y casi se tocan-. Pesa la Cruz, duele la Cruz y, porque el hombro siente el peso, inclina hacia abajo su cabeza,... para decir en silencio que el camino es con Cruz y que promete su fuerza. Lección divina pero, al tiempo, tan humana que un hombre del pueblo, Simón de Cirene, le ayuda. ¡Tantos que le ven quisieran ser cirineos de su carga!. Mientras otros, como la Verónica que a sus pies va, quisieran enjugar su rostro.

 

Pueblo tan identificado con Jesús Nazareno cuando sale a sus calles que no precisaría ni particular nombre para Él y por eso dice sólo que su Nombre es Dulce, Dulce Nombre de Jesús, esto es ¡Jesús!. Y es de ver su pómulo izquierdo amoratado, bien herido, mientras con dulzura mantiene un diálogo de amores con quienes le acompañan en su caminar.

 

Por que lo hace.

 

Visto el protagonista de esta Semana Santa -¡no, perdonadme protagonista el hombre, no! Porque aquí no hay más protagonistas que Cristo y María-, visto, digo, quien la hace, es hora de fijarnos en la motivación del antequerano para entregarse y entregarse así.

 

Efectivamente el hombre de esta tierra se esfuerza para que luzcan Cristo y María y sólo Ellos; porque se sabe instrumento para poner de relieve su Pasión, Muerte y Resurrección y sus Dolores y –curiosamente- al propio tiempo se sabe fin, como destinatario de la Redención. En consecuencia, es de ver cómo va calando más y más el convencimiento de que la Pasión no es sólo de Viernes Santo en que Él muere, no es de sólo los siete días de la calle.

 

Por eso las Hermandades tienen que ahondar, cada vez más, en la vida cristiana durante todo el año, pero ¡así, en torno a un Cristo y a una Virgen!, en una Cofradía que, ya dijimos, sella la biografía de cada antequerano.

 

¡Qué formidable sentido de vida en todos sus aspectos, cuando este convencimiento se inflama para luego explotar en vuestras calles; haciendo, además, natural lo sustancial, ya que no va contra la vida, sino por el contrario lo explica y apoya.

 

Veréis: ¿Que la vida del hombre puede y debe ser, queramos o no, un continuo diálogo con Padre Dios?, pues para ello Antequera tendrá ya el mismo Domingo de Ramos en sus calles la lograda estampa del Hijo que habla con el Padre, Jesús Orando en el Huerto. Cuantas veces, en la intimidad del corazón, o del propio hogar, o de San Agustín, se entablará este diálogo, porque la dureza de cada jornada, o la fresca brisa de una alegría, o la atenazante duda en una encrucijada lleva a cada cual al contacto con este Jesús en sencillos o importantes momentos. Ahora, a sólo unos días ya, pasará ante todos diciendo en silencio de la necesidad –aún para Él, también Dios como el Padre- de este encuentro continuo. Y será la más natural traducción verle en la calle, que va de rodillas, mirando al cielo, sus manos abiertas, sudoroso en sangre, realidad y esperanza.

 

Esperanza que es el gran consuelo del Padre que nunca abandona. Consolación y Esperanza que, precisamente, es el palio que le sigue, la advocacion justa para la angustia del Huerto de los Olivos –ramo de olivo en su mano-; Virgen que va haciendo patente la entereza, que es cuanto necesitamos para nuestra consolación, ¡que eso es esperanza!.

 

Y si es así para el cofrade, lo debe ser también para la Hermandad. La Cofradía como Hermandad todo el año, que no sólo en Triduos o Septenarios, Quinarios o Novenas se unen sus hermanos. Que en ella a diario se halla la fuerza y el ánimo para seguir adelante y ser eso, Hermandad, confraternidad. Que es lujo de altares y magnificencia de celebración, al tiempo que lugar de encuentro para el abrazo y también el consejo y apoyo al hermano que lo precise, lo pida o no. Que así más tarde, en el gozo del Lunes Santo, esa fraternidad vivida nos regalará precioso y atinado eco cuando, al recio sonar de las horquillas y el suave roce de las bambalinas con los varales en el Convento del Carmelo Calzado, el marrón hábito y las blancas tocas se arrodillen en murmullo de oraciones  ante un suave palio que trae la Virgen de las vírgenes, Santa Vera Cruz, a estas vírgenes que tanto saben de Ella.

 

Y es que la Cofradía será puro reflejo del año vivido en Hermandad. Un año que, así y sólo así, en esa interiorización brotará, cuando llega la Semana Santa, en testimonio y vida, refrescando el alma con la auténtica emoción, el llanto y el sentimiento –que no sentimentalismo-.

 

Nada de esto se nos regala; al contrario, requiere notable esfuerzo. Esfuerzo que, una vez más, en unos días, tendrá el adecuado eco del que os vengo hablando, y aquí hasta tendrá un nombre, “correr la Vega”; lo que exige: esa interiorizacion que acabo de señalar, ese saber el por qué de todo esto, esa intimidad del año entero, esa confianza de cada uno y de todos, ese meter el hombro o ese jalear de quien sólo contempla, ese diario arder por dentro que ya no puede más la noche-madrugada en que hay que correr la Vega, ese amor que empuja tanto que todo se lo lleva por delante, esa unión que hace la fuerza que todo lo arroya, ese convencimiento que sabe que es bueno superar la mayor dificultad con el mayor brío, esa obediencia a quien –mazo y campana- encauza tanto ímpetu; en definitiva, hace falta tanta sintonía de amores que correr la vega es, a más de legítimo orgullo, la piedra de toque, pero traducida así, de esta Semana Santa. ¡Ay el día en que la frialdad para con Cristo y Maria, una pobre vida en el año, la desnaturalización de ese sentido cristiano que correr la Vega tiene –el pueblo de Dios en Marcha, y a buen paso- retirará hombros de los tronos, o los pusiera equivocadamente en ellos, o todo un pueblo no supiera ni gritar, encendido de fervor, ese ¡a la Vega!!

 

Noche de Viernes Santo: Antequera se aprieta en la Plaza de San Sebastián cuando llegan dos Vírgenes que la llenan y enseñorean por completo. Lo que allí, o desde allí, va a ocurrir tiene la sencilla razón de que el esfuerzo que, hasta ahora, la procesión ha supuesto, va a culminar allá en lo alto.

 

Por Infante Don Fernando vienen, precisamente, Paz y Socorro. Bullen los corazones mochanos que, en este encuentro, tienen un hito de su Semana Santa.

 

Recortándose en la piedra de San Sebastián y de su esbelta torre ha aparecido el despejado palio  -un puñado y conseguido ramo de varales en cada esquina-, palio de rectilínea crestería que enmarca la plácida y dolorida dulzura de la Señora de la Paz. Todavía, júbilo y aclamaciones incontenibles, ha de subir por su empinada y corta cuesta, su cuesta de Santo Domingo, cuesta de la Paz, a correr su Vega.

 

Y es de ver tu mirada estremecida

y ese pujo de dolor que sobrenada

el septenario de lágrimas que, mudas,

mansamente, resbalan por tu cara

-¡ojalá! Que mi ardor las agotara-.

Y ese nudo en tu garganta dolorida

que reclama del Cielo sus ayudas,

ha inclinado tiernamente tu cabeza

proclamando el dolor de la pasión,

resaltando, de nuevo, tu pureza.

Para superar sus miedos,

busca en tus manos consuelo

nuestro inquieto corazón,

como si fuera el pañuelo

–filigrana de tu amor-

que resbala de tus dedos.

Y hay una blanca, simbólica paloma

–verde ramo prendido va en su pico-

que, volando, por tu techo asoma,

pregonando lo que tanto te suplico,

lo que nadie jamás me supo dar.

Y hay un trono, tu peana,

que te eleva y te proclama

¡Soberana Coronada de la Paz!

 

Ya está también en la plaza la que es Socorro, en Antequera y fuera de ella y nombre para tantas de vuestras mujeres. Dispuesta, con sus hermanacos, a rematar en explosión de triunfo el esfuerzo final que la procesión requiere.

 

El alto y esbelto palio acoge la atrayente y entrañable figura de la Señora que, a hombros de la angelería de su peana que la eleva, asoma toda la serenidad de su belleza.

 

Por costero ocho varales y, entre ellos, las bambalinas del palio gotean el rico bordado que resbala. Dosel que acoge a la Reina del Socorro, empaque de trono que parece querer escapar al cielo por sus puntas. Lleva multiplicada, Ella que esta Coronada, su corona: la de sus sienes, la de su crestería y la que cabalga sobre su media luna, repitiéndole a esta Virgen que ¡sí!, que enseñorea nuestras vidas. Fíjate en Ella, parece querer hablarnos aunque sin palabras. Ella que posa su mirada en cada uno y, a un tiempo, sobre todos. Ella que trae el remedo, que es Socorro, para los que quieran invocar su ayuda.

 

Y un ascua de luz y tantas flores que la empujan al Cielo, tan bonita. No le caben sus fieles en la Plaza y le rebosa el fervor por Zapateros y sigue por calle el Viento y sube más por Caldereros y así hasta el Portichuelo. Una Vega, su vega, un zig-zag de ensueño que cubrir, corriendo con entusiasmo, dejando suelto el afán, ¡y Ella bien alta, que todos la sepan ver!. Y todos gritan ¡te quiero!. Tiene mucho que decir a esta Antequera expectante. Corren delante los corazones al grito de “¡a la Vega!”, santo y seña. Pujan todos por cumplir este rito. Y allá arriba, tortuoso el camino, cierta la fuerza, remate logrado, una franciscana puerta, en su Portichuelo, la acoge. Jadean todos, suena el himno, ya el pueblo se le ha rendido y la Señora que ha de entrar, entra, ¡no hay más remedio!, ¡hasta el año que viene, si Dios quiere, Madre del Socorro!. Pero Tú seguirás en estas calles, salpicando a Antequera de retablos, que así se multiplica tu presencia.

 

Breve se ha hecho, por larga que haya sido, esta Vega de la de Arriba, del Socorro. Supo a poco.

 

Lo que hace.

 

La Ciudad y los cofrades se han volcado. Ya dije que con seria motivación y con esfuerzo. Ahora me dispongo a pregonar el fruto, lo que Antequera, de todo ello, recoge en la inmediata preparación y en sus calles.

 

Cuando amanezca el Miércoles Santo para los hermanos del Mayor Dolor, Mayor Dolor de Cristo, Mayor Dolor de la Madre, la Eucaristía los reunirá en la mejor preparación para la procesión tan esperada de la tarde, subrayando su sentido y su razón. Es cuando se podrá poner ante Él, caído, sin cruz, portentoso Cristo, la cesta de los haberes que, de todo el año, se hayan podido recoger. Y habrá satisfacción si han sido muchos.

 

Esa eucaristía toca el corazón al ver a este Jesús llagado y dolorido y hasta sin túnica que le cubra, derribado, sumiso al flagelo y los escarnios de un sayón que le azota despiadadamente. Y produce conmoción verle llorando. Así arrebatará cuando, en la calle, los sones marciales acompañen su lento caminar tan desgarrado. Por eso, no lo distanciéis de su Madre, también Mayor Dolor -¡qué bien puesto su Nombre!- que le sigue, todo encendido el rico palio. ¡Qué estampa de contraste en su Plaza: la luz del trono, la más modesta de los cirios nazarenos de negra túnica, ancho el esparto, la fuerza en medio, la oscuridad por todas partes y Ella, luminaria bendita, que irradia claridad en las tinieblas del alma por darnos el sosiego.

 

Hay un momento que el cofrade que, sin duda, goza de la mejor intimidad y de la mayor trascendencia para esta Semana Santa. Es aquel que recoge ese amarrar la almohadilla. Momento que, siendo de cada cual, hace eslabón de una cadena de amores que une a familias enteras con un Cristo o una Virgen. Es el compromiso divino, humano y antequerano que viene, de siglos, para la mañana que prepara la procesión. Cuando ayudado de tu familiar o de tu mejor amigo, buscas el hueco que en el trono te corresponde para meter el hombro. Y esto, además de tradición, es vinculación para ti y los tuyos; es saber encontrar tu sitio, donde amarrar, con la almohadilla, tus problemas, tus dudas y tus logros, tus deseos y realidades, que son tus sentimientos y vivencias, poniéndolos a los pies de ese Cristo o de esa Virgen que centra tus amores. Y esa es tu gloria, hermanaco.

 

Como siempre, en Antequera todo tiene su razón de ser en Semana Santa. Y es que amarrar la almohadilla es aceptar y atarse a la Cruz, en cristiano. Y ese hermanaco lo vio ya en el Cristo Atado a la Columna, el que procesiona el Jueves Santo. ¡Qué completa Cofradía!. Jesús Atado a la Columna, Jesús Nazareno Caído y, ¡no podía faltar!, detrás Ella, que aquí es Dolores, así, sin más, rotundamente Dolores, asumiendo el compendio de cuanto va delante de Ella.

 

Jesús que vas atado, mirando al Cielo, una vez más en contacto con el Padre; también unas lágrima que, ante el dolor, escapa; bien flagelada Tu espalda. Y es de admirar el suave atado que te mantiene allí, junto a la alta columna.

 

Luego, ya Nazareno, atado a la injusta sentencia, le veremos pasar rico en matices: porque no es sólo aceptar la Cruz, sino el querer besarla, pegada a su barbilla, acariciándola, abrazado al pesado madero. Jesús caído y, al tiempo, Consuelo para el hombre, para nosotros los hombres, de siempre y de este tiempo; tiempo de tantas caídas por la droga, el paro, el hambre, la soledad, el abandono, la discriminación, la injusticia, el desencanto, el egoísmo, el hedonismo, el materialismo, que violan la dignidad y los derechos, hoy, del hombre. El Hombre-Dios que sufre, cae y luego se levanta para alivio y consuelo, lección tan importante para Antequera y para todos.

 

Y rematando, allá al final pero bien cerca del Hijo que así sufre, queriendo hacer suyos esos dolores, los del Hijo y los dolores de los hombres, Ella, Dolores. ¡Qué pobre sería pensar que ese nombre sólo sirva para que así se llame a una Hermandad!. Cuando ya, ¡es que no puede más!, arrebujada en dolores, por tanto dolor moral, amargura tan profunda como profundo es el mar, Hay dolores y dolores y este dolor es de Madre, Madre del Hijo de Dios y Madre de todos los hombres que el Hijo, en la cruz, le va a entregar. Tenía que asomar a su Vega –sello de siglos, tonga de espárragos van a sus plantas- su dolor fecundo, sus lágrimas a raudales que son agua bendita, para bendecir los campos.

 

Ha llegado, cofrade, la mañana de ese día grande en que sale tu Cofradía. Cuando Antequera va y viene  a los Templos de las que procesionarán esa tarde noche, para rezar y admirar las Imágenes en sus tronos. Horas mañaneras de orgullo que enseña el tesoro que la tradición y tu corazón mantiene.

 

Y ¡por fin!, esa tarde, una hora antes de salir, echada ya la suerte porque todo está irremediablemente preparado, será el desfile de la armadilla el que pondrá en orden a los hermanacos, tarjeteros, nazarenos, portaestandartes, campanilleros, directivos, el Hermano Mayor que, al son de la banda, se dirige al Templo para la inmediata salida. Es decir, La Cofradía sin trono.  Es como lo humano que fuera a recoger lo divino, para fundirse y salir, lección completa por las calles de Antequera.

 

A lo largo de mi Pregón, hasta ahora, habréis podido comprobar que, para dar calor y claridad a la línea trazada a mi exposición, miré en cada momento a esa Concreta Sagrada Imagen que estimé podría hacer como más patente lo que pretendía. Ahora, cuando quiero cantar expresamente la procesión en la calle, dejadme que os traiga a vuestros tres crucificados, maravillosa teoría de Cruz y como si una sola tarde los reuniera.

 

Cristo de la Misericordia: y a nuestra petición –“Misericordia, Señor, según tu gran misericordia”- ha respondido, como siempre, diciéndonos que la misericordia es el infinito perdón. Así vas por las calles, dulcemente, muerto ya, colgado del madero. San Juan no te ha abandonado, María, Madre y Señora de los Afligidos, también a tus pies, está traspasada y la Magdalena quiere tocar tu Cruz, ella que es vivo ejemplo de tu misericordia. Cuando asomes a la Vega, que todo se arrodille porque todo se ha consumado.

 

Y más Cruz: que murió de Buena Muerte su muerte de cruz, Cristo de la Buena Muerte. Con la placidez de la obra bien hecha y rematada. Fue tu entrega a la misión por tu padre confiada, fue subir a la cruz para morir en ella, fue sufrir el abandono. ¡Silencio, Antequera!, el mayor silencio, cuando la muerte buena de Cristo esté ante vosotros, que

 

la calle se ha de callar

cuando Jesús, que va muerto,

va pasando y, sin hablar,

tanta lección va diciendo.

 

Y en el seco leño, el Cristo Verde. Ciprés tu cuerpo, donde nuestras culpas hicieron leña y te destrozaron hasta la muerte y muerte de cruz. Un escalofrío me sacude, incrédulo de que ya, irremediablemente, estás muerto, incrédulo de que todo ya se haya consumado.

 

¿Es verdad que tu verdosa piel morena certifica

que llegó ya tu Hora y que estás muerto?.

Es que ¡Cristo, mi cabeza no se explica

lo que veo y no acepto verlo cierto!.

 

Me he empeñado en comprobar si no me equivocaba

al decirme: ¡no es verdad que todo haya terminado!.

He llegado, incluso, a estar esperanzado,

luego de tanta fiebre, tanto azote, tanta punzada,

la sed, los incontables latigazos y esos clavos

destrozando tu Cuerpo, pies y manos,

por el forzado respiro de tu peso

que pierde, poco a poco, esta lucha desgarrada,

me he sentido esperanzado –digo- Cristo Verde,

porque tu omnipotencia ¡nunca pierde!.

 

Y todavía pensé: pues ¡que valga el desatino

de que todo pudiera remediarlo un beso,

o, ¡no sé!: volcar en Ti tal mimo

que la muerte nunca te atrapara!.

 

...Y no es así, porque veo que ha caído tu barbilla

ya sobre el hondo, acogedor, divino pecho...

Y lo que nunca quise que llegara

ya llegó, Cristo Verde, ¡ya está hecho!,

rubricado de forma tan cierta y tan sencilla.

 

¡Si subiste a la Cruz queriendo rematara

con tu Muerte y no cualquiera sino en Cruz!.

Ahora me fijo bien: aunque aun abiertos,

tus ojos, ya caídos, ¡definitivamente están sin luz!.

Tarde llegue... Iluso si pensara

que podría haber detenido tu Pasión.

Perdona, Cristo mío, ¿cómo apagaba

la llama que inflamaba

tus ansias de Redención?.

 

Muerto, pues, todo está sosegado y Antequera se recoge como si cerrara sus puertas, las que son y las que se perdieron la entrada de Córdoba donde está la Trinidad, la Puerta de Granada, esa otra derribada ya, entrada de Sevilla, y la musulmana de Málaga.

 

He dicho sosiego. El mejor será tener consuelo. Y Consuelo es esa Virgen que lo reparte en su mirada a manos llenas; menos que van abiertas, que es un gesto de amor, que Ella sabe la gravedad de cuanto ha pasado. Sus hermanos, por deslumbrarla y que no vea al Hijo muerto, le pusieron toda una candelería delante; y las saetas pretenden aliviarla, al igual que todos con su entrega y el volcarse en la Cruz Blanca.

 

Y ya sólo queda bajarle a Cristo y ponérselo en sus brazos, Quinta Angustia de la mayor ternura, que le hace reposar en sus rodillas mientras, abiertos sus brazos, una mano sujeta la dormida cabeza y otra acaricia la propia mano del Hijo. Y todavía esta Madre tendrá fuerzas para mostrarlo y entregarlo muerto. A sus espaldas, la Cruz con el sudario; y es de ver su cara tan dolida, el rictus de dolor que va en sus cejas y el semblante de Madre entristecida.

 

Así se explican, Soledad en este Carmen, que me oyes, esos clavos que aprietas en tus manos, tu mirada baja, recogida y pensativa, y tu apostura que es todo firmeza, aunque lleves luto como una más de las mujeres de esta tierra: y es que es mucho el dolor de esa Muerte y mucha la Soledad en que has quedado. Será un velatorio vivo al verte bajar por la cuesta de los Rojas, luces apagadas –que sólo la luna llena queda encendida-, todo en silencio, únicamente roto por el rezo del rosario con el que tu Hermandad te invoca mientras camina.

 

Resurrección,¡Que es victoria1

 

Once ángeles, empeñados en hacernos recordar detalles de tu muerte, Cristo Yacente, revolotean y pretenden sellar tu urna. La maravilla rococó que ahora te acoge, por poco tiempo te tendrá allí depositado. Esos faroles que espléndidamente te iluminan, ya debían habernos enseñado que si vas así no lo es definitivamente. Que tus manos entreabiertas, que tu cuerpo flexionado y castigado, va a surgir, vencida ya la muerte, ¡por fin Resucitado!.

 

Y ya, Domingo de Gloria, campanilleros, guiones y alegre color de túnicas, y todas las Hermandades, para un Cristo con su lábaro que a todos va bendiciendo. Dice San Pablo: “estad alegres en el Señor, os lo repito”... Y es que confiamos en Él y esta confianza no ha defraudado, que la Resurrección no termina.

En las manos de Cristo Resucitado, que es vida y vida que no acaba, te dejo, Antequera. Sólo un ruego: Que tu cuajada Semana Santa salga cada año, siempre, así, de Pasión y Muerte a Resurrección, que esa es la clave cristiana, esa es nuestra luz, una luz ya en el Domingo de Ramos, comienzo de mi Pregón que ahora termina.

 

Ella, precisa y preciosa letanía de amores, que aquí es Soledad, Quinta Angustia, Dolores y Socorro, Mayor Dolor, Piedad, Consuelo y Vera Cruz, y también desenlace de Paz y Consolación que es Esperanza, Ella, María, que es la  Alegría, mantenga siempre así a tu gente, Antequera. ¡Y que Dios te bendiga!.

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