Agrupación de Cofradías de Antequera

Plantilla creada por Conexanet

(1987) D. Francisco J. González Díaz

 

Cartel  de Felipe Sanchez

 


 

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE ANTEQUERA

 

 

PRONUNCIADO EN LA IGLESÍA DE SAN JUAN DE DIOS

EL SÁBADO 4 DE ABRIL DE 1.987

 

POR

 

D. FRANCISCO JOSÉ GONZÁLEZ DÍAZ

 


 

Datos biográficos de Don Francisco José González Díaz

Malagueño de nacimiento, con ascendencias sevillanas y granadinas como dice en su Pregón; profesor en el Colegio de San Juan, estudiante en la facultad de Derecho, en la que colabora en su Departamento de Derecho Canónico, participando en varios simposiums en las Universidades de Salamanca y Málaga.

 

Ha sido Hermano Mayor de la Ilustre y Venerable Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Pasión y María Santísima del Amor, y Presidente de la Agrupación de Cofradías de Málaga. Presidió la Comisión Organizadora del I Congreso de Hermandades y Cofradías Andaluzas que se celebró en Antequera en 1.986 en el que fue ponente; posteriormente participa en el I Congreso Nacional de Hermandades y Cofradías, celebrado en Zamora. Fue representante de Hermandades y Cofradías de la Diócesis en la Primera Asamblea Diocesana Pastoral, celebrada en Noviembre de 1.986. Pronunció la V Exaltación de la Santa Cruz, organizada por las Cofradías Fusionadas de San Juan y el V Pregón de Pasión.

 

A este curriculum cofrade, añadiremos una gran formación intelectual y cultural.

 


 

PREGÓN

Señor:

Tú sabes que, desde el día en que recibí el encargo de pronunciar el Pregón de la Semana Santa de esta bendita tierra antequerana, me he venido preguntando, ante Ti, la razón de este menester y él por qué de mi irreflexiva aceptación.

 

Aunque malagueño de pura cepa, Señor, y, a pesar de mi ascendencia sevillana por vía paterna, y granadina por la materna, no se justifica aquí mi presencia; por mucho que quiera comprender que Antequera es el centro neurálgico de Andalucía y que, quizás por ello se encuentre, tanto en sus tierras como en sus gentes, la virtud; el justo equilibrio del temperamento andaluz.

 

No, Señor, esta no es la razón, como tampoco lo es mi talante literario o poético. O el hecho de singular relieve de haber vivido aquí en Antequera, con la intensidad propia del caso, los preparativos y el desarrollo del I Congreso Regional de Hermandades y Cofradías andaluzas, celebrado los días 26 y 27 de Enero de 1.985.

 

La única posibilidad que queda es mi ser cofrade, esto sí podría aclarar el que hoy, víspera del Domingo de Pasión, apenas a ocho días de que Tú entres entre palmas y olivos, a lomos de una Pollinica, en esta Ciudad que por toda una Semana se va a transformar en la Jerusalén evangélica; me encuentre aquí dispuesto a decir con voz muy alta que, después de haber padecido por nuestra salvación los sufrimientos de tu Pasión y Muerte en la Cruz, resucitaste de entre los muertos para liberarnos, a todos, de las ataduras del pecado y hacernos herederos de tu gloria.

 

Por ello, Señor, yo te suplico que ilumines mi inteligencia, que pongas en mis labios la palabra exacta y que abras mi corazón de cofrade para que, en esta noche memorable, pueda decir ante esta magna asamblea que se ha congregado en tu presencia: ¡Antequera, siéntete orgullosa de ser cofradiera!, ¡Dios te salve Antequera, llena eres de gracia!

 

Reverendísimo Señor Director Espiritual de la Agrupación de Cofradías.

Excelentísima e Ilustrísimas Autoridades de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Antequera.

Señor Presidente y Junta de Gobierno de la Agrupación de Cofradías.

Cofrades.

Señoras y Señores.

 

Sean mis primeras palabras para mostrar mi gratitud tanto a la Agrupación de Cofradías como a su Presidente, mi querido amigo Federico Esteban Vilches, por el inmerecido honor que me ha hecho de ocupar esta cátedra del buen decir cofradiero.

 

Gracias también querido amigo y cofrade Manolo Sotomayor por las exageradas palabras que has pronunciado en mi presentación, sin duda, ellas obedecen más a la amistad que nos une que a una justa realidad. Ten por seguro que, lo que has dicho, hará aún más difícil este cometido.

 

En fin, queridos amigos, emulando la famosa frase que pronunciara hace más de quinientos años, el Infante Don Fernando, “que salga el Sol por Antequera, y que sea lo que Dios quiera”.

 

ANTEQUERA ENTRE LA HISTORIA Y LA REALIDAD.

¡ANTEQUERA!, Ciudad de singulares atractivos, niña nacida en la alcazaba musulmana para, ya mujer, extender sus plantas hasta su fecunda vega y tocar su cabeza con la torre del Papabellotas, cual singular peineta.

 

¡ANTEQUERA!, regada por los ríos Villa y Guadalhorce –el Saducar romano- y por los arroyos de las Adelfas y del Alcázar; floreces en una eterna primavera.

 

¡ANTEQUERA!, hermosa y señorial, ataviada con calles de luz y de cal; ricamente enjoyada con las perlas de tus Iglesias: Santa María la Mayor, San Sebastián, Belén, San Pedro, la Trinidad, San Agustín, Santiago, San Francisco, Santo Domingo, Santa María de Jesús,... ; nos deslumbras con tu belleza sin igual.

 

¡ANTEQUERA!, Antikaria con los romanos y Medina Antekira con los árabes, crisol de culturas y cruce de muchos caminos. Al pie mismo de la Sierra del Torcal y arropada por los cerros de San Cristóbal, Martín Antón y Cruz; conservas las fragancias de tus más rancias costumbres.

 

¡ANTEQUERA!, colocada estratégicamente entre las estribaciones serranas y el declive hacia el Mediterráneo. Atraídos por tus encantos has sido visitada y admirada desde los tiempos más remotos; como lo demuestran los extraordinarios dólmenes de Menga, Viera y el Romeral.

 

¡ANTEQUERA!, literaria en el siglo XVII y artística en el XVIII; conservas en tu seno el barroquismo de tus iglesias blancas y gongorianas, como dijera Gerardo Diego. Lo cual te viene de nacimiento pues, como afirmara Pemán, recordando al Torcal, “es casi imposible pensar que el Creador no tuvo una forzosa intención escultórica y figurativa”.

 

A tal cúmulo de realidades hay que añadir el  encanto de tu primavera única, con sus noches de terciopelo azul bordado de rutilantes estrellas, que centellean sobre ti como el mejor de los palios. El aroma inconfundible del tomillo y del romero de tus campos, junto con el del azahar de tus jardines. La alegría y el genio de tus gentes, y el milagro renovado y entusiasta de tu amor por la Virgen que, en esta bendita tierra de María Santísima, es el Remedio de sus desdichas.

Por ello, vamos a intentar salir al encuentro de tanta belleza que un día tuvo la dicha de poner, en los balbuceos de esta primavera mágica, al Amor en la calle para que todos, propios y extraños, se maravillaran con Él y, como el Centurión que vigilaba a Cristo en el Calvario, exclamarán: verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios.

 

LA RELIGIOSIDAD POPULAR.

Este ambiente sobrecogedor eleva nuestro espíritu y, sin saber cómo y por qué nos anima, en Semana Santa, a contemplar y acompañar a nuestros Cristos y a nuestras Vírgenes en sus itinerarios procesionales. A correr, con emoción contenida, las empinadas “vegas” delante de sus tronos. A llorar, ante la presencia de la Imagen de nuestras devociones, y a exclamar más de un piropo ante la Madre de Dios, bellamente exornada por delicadas manos, como queriendo distraerla de sus penas y amarguras pues está próxima la Resurrección salvadora.

 

Afortunadamente, nuestras Hermandades y Cofradías, han mantenido viva una tradición que, con el devenir de los tiempos, ha sido reconocida y alentada por la genuina autoridad de la Iglesia. A tal efecto quiero  recordar, pues la ocasión lo merece, alguna de las consideraciones más significativas.

 

En el Decreto promulgado por S. S. Pío XII, el 16 de Noviembre de 1.955, sobre la “Instauración de las funciones de la Semana Santa” y que, sin sustanciales modificaciones, continúa vigente la actualidad, se dice: “Los más grandes misterios de nuestra redención, es decir la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, fueron celebrados cada año por la Santa Madre Iglesia, desde la época apostólica, con una solemnidad muy singular. Se conmemoraron ante todo los momentos más salientes de un especial triduo, llamado de Cristo Crucificado, Sepultado y Resucitado, (San Agustín, Ep. 55, 14). Se añadió después la solemne conmemoración de la institución de la Santísima Eucaristía, y, finalmente, en la Dominica que procede inmediatamente a la Pasión, se insertó la celebración litúrgica de la entrada triunfal de Nuestro  Señor Jesucristo, Rey Mesías, en la Ciudad Santa. De ahí que aquella especial Semana litúrgica fuese llamada Santa, y fue enriquecida con ritos cada vez más espléndidos y piadosos.

 

Los ritos de la Semana Santa no sólo tienen especial dignidad, sino que poseen también una singular fuerza y eficacia sacramental para alimentar la vida cotidiana.

 

Con ocasión de su visita a España, el Papa Juan Pablo II, nos dijo a los cofrades: “ Sé que Andalucía nutre las raíces culturales y religiosas de su pueblo, gracias a un depósito tradicional pasado de padres a hijos. Todo el pueblo admira las hermosas expresiones piadosas o festivas que el pueblo andaluz ha creado para vestir plásticamente sus sentimientos religiosos. Por otra parte, las Cofradías y Hermandades creadas a lo largo de siglos han obtenido influencia en el cuerpo social.

 

Esa religiosidad popular debe ser respetada y cultivada como una forma de compromiso cristiano con las exigencias fundamentales del mensaje evangélico; integrando la acción de las Hermandades en la pastoral renovada del Concilio Vaticano II, purificándolas de reservas ante el ministerio sacerdotal y alejándolas de cualquier tensión interesada o partidista. De ese modo esa religiosidad purificada podrá ser un válido camino hacia la plenitud de la salvación en Cristo.

 

Estas palabras, pronunciadas veinte años después de que comenzara el Concilio Vaticano II, han venido a situar las cosas en su sitio:

 

Respeto para nuestras tradiciones, y

exigencia, a los cofrades, de compromiso evangélico.

 

Precisamente en un periodo en que la falta de entendimiento entre sacerdotes y cofrades fue la nota más dominante.

 

Posteriormente, un hecho de singular relieve cuyo alcance aún no ha sido lo suficientemente valorado, el I Congreso Regional de Hermandades y Cofradías andaluzas, celebrado en esta Ciudad a finales de Enero de 1.985, en el que se afirmó la eclesialidad de nuestras Corporaciones, supuso la aparición de un documento de los Obispos del Sur titulado: “El Catolicismo Popular, nuevas consideraciones pastorales”, que vio la luz el Miércoles de ceniza, día 20 de febrero de ese mismo año.

 

Dicha carta pastoral, nos dice lo siguiente: “Mención especial merecen también las Hermandades y Cofradías. Todo el pueblo de Dios debe reconocer los valores que las adornan. Ellas son una importante realidad del asociacionismo católico de nuestras Iglesias y además suscitan la participación de los jóvenes con un entusiasmo, un desinterés y un espíritu de sacrificios notorios. Sus capellanes y dirigentes deben esforzarse más y más por mejorar su espíritu de piedad y oración, por incorporarlos a las tareas apostólicas, por desarrollar las iniciativas de caridad cristiana y brindarles vías de formación religiosa.”

 

En la I Asamblea Diocesana de Pastoral, celebrada en Málaga los días 29 y 30 de Noviembre de 1.986, y en la que este Pregonero tuvo la satisfacción de participar representando a nuestras Hermandades y Cofradías, se aprobaron una serie de proposiciones y líneas de acción que, por lo que a nosotros respecta, supone lo siguiente.

 

La religiosidad popular constituye un acervo de valores que responde, con sabiduría y sencillez profundas, a los grandes interrogantes de la existencia.

 

En este contexto hay que enmarcar el origen y desarrollo de las Hermandades y Cofradías de Semana Santa que intentan ser manifestaciones religiosas, portadoras de las más ricas expresiones de cultura y sentimiento popular. Quieren manifestar externamente la religiosidad del pueblo y catequizar a través de las imágenes y demás signos.

 

Pero como toda institución humana, sufre adherencias extrañas del tiempo y de las culturas dominantes y, sería deseable que, una vez alcanzado un cierto nivel estético, las Hermandades adecuaran  su programación de actividades considerando las necesidades de sus hermanos y del entorno social que las rodea.

 

En este tiempo de renovación y revisión en la Iglesia, las Hermandades y Cofradías deben descubrir, cada vez más, su auténtica dimensión como “Agrupaciones o comunidades cristianas de creyentes que manifiestan públicamente su fe y la expresan con unos signos representativos del misterio cristiano en unos desfiles procesionales.” (Bases de Estatutos para las Hermandades y Cofradías de la Diócesis. Mayo de 1.977).

 

La importancia de la religiosidad popular exige la creación de una Comisión cuya función sea el estudio y planificación pastoral de esta religiosidad y de sus manifestaciones, para que contribuya junto con la catequesis, a la reeducación litúrgica de nuestro pueblo y evitar que sea manipulada por intereses contrarios al Evangelio.

 

Las Hermandades y Cofradías programarán, entre sus actividades, las catequesis que favorezcan una Purificación y mayor desarrollo de las manifestaciones antes citadas.

 

Los sacerdotes estarán atentos a las diferentes motivaciones que impulsan a los diversos grupos, puesto que para alguno de ellos, puede ser la ocasión de ser evangelizado. (I Asamblea Diocesana de Pastoral, Proposiciones Cap. IV. “Realidades existentes en la Diócesis”, núm. 21 a 24; Líneas de Acción Cap. II. “El quehacer evangelizador” (Liturgia) núm. 10 y Cap.IV “Realidades existentes en la Diócesis”, núm. 10).

 

Quede, pues, bien claro cual es la opinión que nuestras Instituciones merecen, tanto a la Jerarquía como a la propia Comunidad Diocesana.  Opinión que se verá reforzada, próximamente, con la aparición de un nuevo documento de los Obispos del Sur que pretende ser una pastoral especifica de Hermandades y Cofradías y que, según nos ha manifestado el Sr. Obispo de Málaga que actúa como ponente, contará con la aportación de las propias hermandades.

 

No valen ya, por tanto, reticencias ni recelos. Cofrades y sacerdotes sabemos cual es nuestra misión y, unidos en un solo pueblo, en comunión con el Obispo que nos preside en la fe, junto a los demás grupos cristianos de nuestra Iglesia particular de Málaga, avanzaremos por el camino de la evangelización y del testimonio, con nuestro secular talante cofradiero, hasta la salvación final.

 

LAS COFRADIAS Y SUS PERSONAJES.

Sabemos que la Semana Santa no es un hecho aislado, o un mero suceso intemporal. La Semana Santa, gracias a las Cofradías, se vive durante todo el año, día a día. Aún en plena feria de agosto  hablamos de nuestros proyectos e ilusiones.

Son clásicas las tertulias cofradieras donde se mantiene el rescoldo de nuestra más evidente tradición. No faltan en nuestras reuniones las anécdotas, los propósitos,... , las nuevas ideas que se nos ocurren, siempre con ánimo de mejorar.

 

Un rosario de cultos llenará nuestras Iglesia de la Palabra de Dios. Y también, ¡cómo no!, tomaremos nuestras copitas pues ¡Señores!, estamos en Andalucía y no podemos renunciar ni al salero ni a la gracia de esta tierra a la que nos enorgullecemos en pertenecer.

 

Será a partir del Miércoles de Ceniza cuando se acelere nuestro pulso y se sucedan, sin solución de continuidad, nuestras interminables reuniones: Ayer Junta de Gobierno en mi Cofradía, hoy en la Agrupación, mañana Cabildo General, pasado presentación del cartel, el otro, el otro será la Función Principal de la Hermandad y no me puedo presentar ante mis Sagrados Titulares  con las manos vacías.

 

Pero este milagro de la Semana Santa no sería posible si, durante el resto del año, no hubiera hombres y mujeres que trabajen sin descanso por hacer realidad esta exaltación de arte y religiosidad. Si no hubiera corazones generosos que sufran, en el silencio de los días, las incomprensiones de los demás. Si no hubiera gente dispuesta a luchar por la defensa de nuestras tradiciones contra viento y marea.

 

Llegado este punto el pregonero quiere tributar un pequeño homenaje a los que, a diario, se esfuerzan, en medio de las dificultades y de los sinsabores, porque las Cofradías vayan a más y se fortalezcan como auténticas comunidades cristianas.

MUJER.

Por eso yo quiero cortar para ti, mujer, ya seas esposa, madre o novia de un cofrade, el primero y mejor de los racimos de azahar que brote de nuestros jardines, el mas perfumado; porque no en vano tú, mujer, eres, sin duda alguna y por merecimiento propio, la tesorera del amor cofrade. La que aguantas, sin rechistar, nuestros egoísmos. La que siempre esperas, con paciencia benedictina, que te dediquemos un ratito de los muchos que perdemos en nuestras tertulias y reuniones. La que nos mima y nos alienta. La que cuidas con celo nuestra túnica de nazareno o hermanaco. La que suples, con tu delicado tacto, nuestras deficiencias. La que, por encima de cualquier otro, nos comprende y animas. La que siempre nos perdona porque sabes que, a pesar de los pesares, te queremos más que a nadie en el mundo.

 

Y si, además, eres Camarera de la Virgen de nuestras devociones y cuidas con celo de su ropa, colaboras en esta labor que nunca se acaba y, por consiguiente, sufres con nosotros los problemillas que van surgiendo, y ves también como se van superando. Entonces, mujer, el homenaje a de ser aún mayor. Por eso déjame que, junto a las flores, te dé lo mejor que tengo, déjame que te dé un beso.

 

HERMANACO.

¡Hermanaco!, por favor, mañana quiero ir contigo a amarrar la almohadilla. Quiero vivir contigo desde el primer momento la emoción que sientes al recordar que, en ese mismo sitio de la cargadera, tu padre y quizás también tu abuelo, llevó sobre sus hombros, horquilla en ristre, a ese Cristo que tanto veneras.

 

Quiero estar a tu lado cuando en armadilla vayas a la Iglesia. Quiero saber del esfuerzo que realizas cuando lleves la dulce carga del trono. Quiero mecer contigo a esa bendita Virgen cuando, por la calle de Diego Ponce, vayas despertando el entusiasmo y el fervor de quienes la contemplan, o cuando las monjitas de Madre de Dios se suban a la torre de su Iglesia para ver a la Pollinica y toquen las campanas al paso de la Virgen de  Consolación y Esperanza.

 

Déjame hacer la Vega por Santo Domingo con la Paz, o con el Socorro por Zapateros y Viento. Quiero despedir contigo en San Pedro, entre las saetas, los vivas y las bengalas, a la Virgen del Consuelo y a la de los Dolores. No te olvides, hermanaco, mañana quiero estar contigo en el “amarre” de la almohadilla.

 

ARTESANOS.

¿Y qué decir de esos artesanos que, como Rafael Valencia Reina, Juan González Romero, Francisco Machuca Pedraza, Juan Sánchez Ruiz, Antonio Moreno Díaz o Bartolomé García Pérez, emulan a los mejores de estas tierras en la confección de esas maravillas de tronos, únicas en Andalucía, y demás elementos necesarios para nuestra liturgia cofradiera?.

 

¿Acaso no son dignos de ser mencionados?.

 

¿Es que puede este Pregonero olvidar el polifacético artista que es Antonio Checa Cordón?.  ¿No le debemos a él las imágenes del Señor Orando en el Huerto y del Resucitado?.  ¿No es él quien con delicadeza y veneración arregla con primor el rostrillo de nuestras Dolorosas?. Y junto a él, en ese difícil reto de la imaginería, el dorado y el policromado, otros no menos importantes nombres vienen a mi memoria, Manuel Higueras Flores, Antonio Cabanillas Peña, y José Romero Benítez.

 

¿Acaso podemos dejar atrás que Antequera fue tierra de plateros y que,  como único reducto, los hermanos Pedro y José María González Bermúdez siguen ejecutando coronas e insignias?

 

No cabe duda que esta tierra siempre conservó una peculiar labor artesanal, prueba de ello la tenemos también en la difícil técnica del bordado de la que tanto las religiosas de la Encarnación, de las Dominicas, de las Descalzas, como Antonio Huertas, nos dan fehaciente testimonio.

 

Perdonad a este pregonero si, en este rápido recorrido por los talleres de esta Ciudad, dejó algunos en el tintero. Nada más lejos de mi intención. Pues, al nombrar a los ya citados, sólo pretendo dejar constancia de que aquí, en Antequera, se sigue haciendo honor al calificativo de “artística” que, con justa mención, se hiciera de ella en el siglo XVIII.

 

COFRADE ANTEQUERANO.

Por eso, al hablar del cofrade antequerano, no quiero cometer el error de dejar escapar nombre alguno. Mas como sería tarea que no llevaría, por lo menos, hasta el pregón del año que viene; me vais a permitir que sólo cite a uno ya que, a mi juicio, en él se pueden ver reflejados todos los cofrades de Antequera y, además es de sobra conocido por todos vosotros. Me refiero a Santiago, Santi para los amigos. A ese cofrade que, pese a ser de la Pollinica, se siente vinculado a todas las demás Hermandades. Santi es la persona que ha nacido con un espíritu de servicio del que todos tenemos que aprender. Siempre dispuesto a ayudar, a trabajar en el silencio y en la intimidad de la Iglesia en lo que sea menester. Poniendo mucho amor y mucho cariño, que en el fondo es lo mismo, en cada cosa que hace o en cada misión que se le confía. Procurando que todo esté a punto para el momento adecuado y que todos nos sintamos felices. ¡Así se trabaja por las Cofradías!, sin pedir nada a cambio, sin esperar otra recompensa que la satisfacción que se refleja en nuestros rostros al comprobar que, lo que había de hacerse no sólo está hecho sino bien hecho. Gracias Santiago porque cofrades como tú son los que nos hacen falta.

Aunque tal afirmación en Antequera sobra. Afortunadamente tenemos aquí buenos cofrades y, para comprobarlo, basta que hagamos una visita a cada una de las sedes de las distintas Hermandades.

 

ESTUDIANTES.

Nos sorprenderá la extraordinaria labor que los estudiantes desarrollan en el antiguo Real Monasterio de San Zoilo, hoy San Francisco. Es una pena que un templo, cuya fundación data de la época de las Reyes Católicos, que es monumento histórico – nacional, se encuentre en tan lamentable estado de abandono y que, de no ser por la activa y entusiasta presencia de estos jóvenes, habría sido totalmente expoliado.

 

Desde esta tribuna, el Pregonero apela a quien corresponda, o pueda sentirse aludido, para que, con la urgencia que el caso requiere, se adopten las medidas necesarias tendentes a conseguir la total restauración de tan bello conjunto arquitectónico.

 

Y vosotros, estudiantes, -con quienes me siento especialmente identificado- no os desalentéis. Enarbolad, como una más de vuestras justas reivindicaciones, la bandera de la recuperación de San Francisco. Para bien de la Iglesia, de vuestra querida Cofradía y de la misma Antequera.

 

LOS DE ABAJO.

¿Y qué me decís de los cofrades de Santo Domingo?, también conocidos como los de abajo o los de la Paz. ¿Acaso no son dignos de ser resaltados después de la magnífica actuación sobre el vetusto convento de los Dominicos, al que están devolviendo el esplendor de otros tiempos?.

 

SERVITAS, POLLINICOS Y LOS DE ARRIBA.

En este orden de cosas, también hemos de referirnos a los siervos de la Venerable Orden Tercera de María Santísima de los Dolores. Ellos han llevado a cabo una importante obra de restauración del Camarín de la Virgen. Y a los cofrades de la Pollinica, que siguen empeñados en acondicionar San Agustín. Y a los del Socorro, o los de arriba, que para el caso es igual, que con tesón mantienen en el mejor estado de conservación posible la Iglesia de Jesús.

 

LAS RESTANTES COFRADIAS.

Así podríamos seguir, subrayando el ejemplar comportamiento de los Cofrades del Consuelo, Mayor Dolor, Rescate y Santo Entierro. También ellos han sabido dar muestras de su amor por las Cofradías y la Semana Santa de Antequera, conservando y restaurando un patrimonio que habrán de entregar a las nuevas generaciones.

 

INSTITUCIONES.

Al igual que otros que, por ser instituciones –a las que el Derecho trata con la ficción de personas jurídicas-, no pueden vestir las túnicas de nazareno o hermanaco pero que, a las pruebas nos remitimos, prestan una eficaz y ejemplar ayuda; convencido de que en la Hermandades y Cofradías está la esencia del pueblo, los valores inmanentes de su personalidad y que hay que conservar y transmitir como el más preciado de los tesoros. ¡Así se colabora, sin pedir nada a cambio!.

 

COFRADE COMPROMETIDO.

¡Bendito seas cofrade!, porque en estos días sacros no vas a desperdiciar el tiempo en diversiones mundanas y sí vas a ponerte en paz con Dios y con tus hermanos.

 

¡Bendito seas cofrade!, porque cuando lleves un tarjetón, un sol, el guión, el estandarte o la Cruz-Guía de tu Hermandad, estarás dando una lección de identidad cofradiera única en Andalucía.

 

¡Bendito seas cofrade!, porque gracias a tu fecunda y callada labor vas a hacer posible el milagro de nuestra Semana Santa.

 

¡Bendito seas cofrade!, ya seas nazareno o hermanaco, hermano mayor de paso o campanillero de lujo; porque con tu actitud ejemplar nos vas a contagiar de tu fervor.

 

¡Bendito seas cofrade!, porque en el Portichuelo, o en Santiago, en San Pedro o en la calle Estepa, nos vas a llenar de emoción cuando, con unción, te veamos pasar acompañando al Cristo o a la Virgen de tus devociones.

 

¡Bendito seas cofrade!, porque con tu ilusión y entusiasmo obras el prodigio de que, Antequera, en Semana Santa, vuelva a encontrarse consigo misma.

 

Yo te pido cofrade amigo que perseveres en tu comportamiento, que no renuncies jamás a tu condición de cofrade, que vivas tu Hermandad día a día, minuto a minuto. Que te aferres con fuerza al Señor cuando, por las circunstancias de la vida, las cosas no te salgan como tú tenias previsto. No te impacientes o desesperes, no olvides que Jesús es tu meta. Recuerda, en los momentos de amargura, que Él por amor a los hombres aceptó, con sudor de sangre, la voluntad del Padre.

 

Y cuando te encuentres abatido, hundido o derrotado, sin hallar solución a tus problemas, mira a esa maravilla que es el Cristo del Mayor Dolor, tirado en el suelo, golpeado y escarnecido. Que Él sea para ti la luz que no encuentras, el camino que habías perdido, el consuelo de tus preocupaciones, el norte de tus noches oscuras, la salud de tus enfermedades y la vida que no se acaba.

 

Sí, cofrade, la respuesta la encontraras siempre en el Maestro. Pero si no te atreves, si acaso sientes algún reparo, entonces no dudes en acercarte a María, Ella es nuestra Madre y como el cariño de una madre no hay nada en el mundo. Ve con confianza y, en Ella, tendrás la Paz que necesitas, el Socorro de tus desdichas, el Consuelo de tus angustias y la Esperanza de un mundo mejor, más justo y solidario. Porque la Virgen, en su Mayor Dolor, sabe mejor que nadie de Soledad y de Dolores cuando, a la Vera-Cruz de su Hijo, sintió en su corazón su Buena Muerte y quiso ser, desde ese momento, nuestra Piedad.

 

Y entonces, cofrade, dile a la Virgen con un grito que salga de tú corazón, ¡ea pues Señora, abogada mía, muéstrame a Jesús fruto bendito de tú vientre!.

 

Vive cofrade, con intensidad, tu simpar Semana Santa. Busca los rincones más típicos de tu barrio, la esquina más difícil, allí donde los hermanacos, apiñados bajo las cargaderas, haciendo un esfuerzo sobrehumano, consiguen lo que parecía imposible, sin que se mueva un varal del palio, sin que, ni siquiera, roce un clavel. Pero, sobre todo, participa junto a tus demás hermanos, de la celebración de la Eucaristía. Llénate de la Palabra de Dios. Acude a la los Divinos Oficios, goza de la Vigilia Pascual. Salta de alegría con la Resurrección. Para que después, transformado por la fuerza salvadora de la Redención, nos contagies a todos de tu fe en Jesús.

 

VIA CRUCIS PROCESIONAL.

Todo cuanto hemos descrito de historia, arte, religiosidad, fervor, ambiente y quehacer personal, se mezcla, en justa y ponderada proporción, cuando la luna llena de la primavera alcanza su cenit en el mes de Nisán y llega el momento de la Parasceve Pascual; ofreciendo la bella y palpable realidad de nuestra Semana Santa.

 

Por ello el Pregón, a través de quien por vuestra generosidad lo tiene este año por Oficio, quiere anunciaros que de aquí a ocho días, el siguiente Domingo será de Ramos y esta Ciudad vivirá, por toda una semana, los Sagrados Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, de acuerdo con los ritos y costumbres que según su tradicional manera de ser y de entender van a embargar los sentimientos, y elevarán nuestro espíritu de tal suerte que no solo vamos a rememorar la obra de nuestra salvación sino que realmente, saldremos transformados y dispuestos a construir desde hoy mismo el Reino de Dios en el mundo: Reino de Paz y Justicia, de Vida y Verdad, de Amor y de Gracia; Reino que habita en nosotros y que no tendrá fin.

 

 

LA ENTRADA EN JERUSALÉN.

Así, en la tarde luminosa del Domingo de Ramos seremos testigos de la entrada de Jesús en la Ciudad Santa en que, Antequera, por obra y gracia de Dios se va a transformar.

 

Y por la calle de la Encarnación gritaremos ¡Hosanna al Hijo de David!, ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, que no son otra cosa que los ¡Vivas! que salen de nuestro corazón andaluz. Y nuestras almas se trocarán tan blancas como las de las túnicas que visten esas niñas, hijas nuestras, acompañando al Señor mientras portan áureas palmas y verdes ramas de olivo.

 

¡Triunfo en la Iglesia de San Agustín!.

Jaleo y alborozo.

Clarines, tambores y palmas.

Huele a incienso

que en humo denso

asciende hasta el cielo.

Ya se abren las puertas,

ya aparece el paso.

Y entre el arco oscuro

con luz de ventanuco

Jesús cabalga sobre un burro.

La gente aplaude,

se eriza el bello...

y Jesús me mira

con ojos profundos.

¡No sigas,

no vayas sobre el pollino

que está loco el mundo!

y Jesús me mira

con ojos profundos:

“Déjame hacer, que para eso

Yo he venido.”

¡Triunfo en San Agustín

Jesús camina sobre un pollino!.

 

Ojalá que Cristo siga entrando, cada día, en esa otra Jerusalén que es nuestra propia vida para que, transformándola, nos dispongamos a ser sus testigos.

 

LA ORACION EN EL HUERTO.

Más tarde, después de haber cenado la Pascua con sus discípulos, Jesús se va a orar al Huerto de los Olivos –que este pregonero imagina en la Plaza de las Descalzas-. Hasta allí bajará el ángel confortador y el Salvador aceptará beber el cáliz de su Pasión.

 

De rodillas y entre olivos,

la noche negra.

Sangre en sus poros

y en las estrellas.

Angustia, Dolor y Sangre.

Jesús en el Huerto clama.

Sus brazos abiertos,

sus ojos clavados en el cielo

“Si es posible PADRE

aparta de mi ese Cáliz”

Angustia, Dolor y Sangre.

Las palmas se secan en el suelo,

los vítores se acallan como el eco.

El tambor, sólo el tambor marca hueco

el paso de Jesús en el Huerto.

Angustia, Dolor y Sangre.

¡Hermanaco!, mece con suavidad el paso,

no vayas a interrumpir la Oración

de Jesús con el Padre Eterno,

pues, en este preciso momento,

el Redentor aceptando está, por amor,

el sufrimiento.

 

Las monjitas de la Encarnación, asomadas a las ventanas, son testigos de excepción en los momentos que estamos viviendo. Y mientras repican las campanas, una hermana dice a otra:

 

¡Mírala que bonita viene!.

Parece una azucena blanca

la Virgen de Consolación y Esperanza.

Una azucena blanca

recién “brotá” a la primavera.

Una rosa de fragancia etérea.

Un ramillete de “azahá”.

Y una cosa tan bella

que no hay cosa terrena

con la que se pueda “igualá”.

 

Y el paso de palio pasará ante nosotros, meciéndose suavemente a los acordes de una conocida marcha procesional. La Virgen seguirá a su Hijo en todos los momentos de su Pasión para ser, después, el Domingo siguiente, la primera testigo de su gloriosa Resurrección.

 

 

DEL PRENDIMIENTO A LOS AZOTES.

Internamente, estaremos con Jesús en su Prendimiento cuando, en el mismo Huerto, la soldadesca del Sumo Pontífice, alertada por el traidor Judas, lo haga Cautivo. Y lo veremos atravesar la Puente del Cedrón hasta llegar al Palacio de Anás, donde el criado del anciano Pontífice le propinará una fuerte “bofetá” por haberle respondido: “Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el Templo; nada hablé en secreto” (J. 18, 20).

 

Y le acompañamos a la casa de José Caifás, yerno de Anás y Sumo Pontífice aquel año, donde al responder a la pregunta ¿Eres tú el Hijo de Dios?, con la “blasfemia”: “Vosotros lo decís, Yo soy” (L. 22, 70), comenzaron a escupirle y le cubrían el rostro y le abofeteaban, (M. 14, 65). ¡Qué humillación!, ¡Qué Soberano Poder de Jesús ante Caifás!.

 

Por la mañana, tras una nueva reunión del Sanedrín, a fin de revalidar lo acordado en el irregular proceso, llevaron a Jesús atado ante Pilatos. Roma había reservado a su representante el derecho de imponer la pena capital. Sin su aprobación el fallo del Sanedrín, que presidía Caifás, no tenía valor jurídico alguno.

 

Tras un primer interrogatorio, Pilatos preguntó si aquel hombre era galileo, y enterado que la jurisdicción correspondía a Herodes, lo envío a este, que estaba también en Jerusalén por aquellos días. Jesús aguantó en silencio el desprecio de Herodes quien, por burla, se lo devolvió a Pilatos con una vestidura blanca (L.23, 6-12).

 

ATADO A LA COLUMNA.

Se produce, entonces, el segundo interrogatorio; decidiendo el gobernador romano azotar a Jesús después de su fracaso para liberarle. Y en la calle de Belén, junto a la puerta de Granada, veremos a Cristo atado a la Columna, recibiendo los latigazos de nuestras ingratitudes. Es una bella imagen de Andrés de Carvajal a la que dan escolta largas filas de penitentes de túnicas moradas y enhiestos capirotes blancos.

 

¿Por qué te rezo, pero no te miro?.

¿Por qué los ojos en el suelo clavo?.

¿Por qué mis culpas con mi llanto lavo

mientras la vista de tu faz retiro?.

 

¿Por qué si a tu perdón lloroso aspiro

y no quisiera ser más que tu esclavo,

un foso entre los dos profundo cavo

y más me aparto mientras más suspiro?.

 

Atado a la columna, tu mirada,

tránsida de dolor, me está diciendo

que asido a tu perdón puedo mirarte.

 

Que olvidas que en aquella madrugada

a tus espaldas pecador hiriendo

también en tus azotes tomé parte.

 

(Cruces y Palios, José Luis Hurtado de Mendoza. A nuestro Padre Jesús de Azotes y columna. Málaga, 1.986)

 

CRISTO DEL MAYOR DOLOR.

Y en la plaza de San Sebastián se arrastrará por el suelo para recoger su túnica. Mayor Dolor no cabe ni en el rostro de Jesús, bellísima imagen de Andrés de Carvajal, ni en el corazón de su Santísima Madre la Virgen María.

 

El silencio es sobrecogedor, el cuadro que se nos presenta no puede ofrecer mayor patetismo. Cristo, el Redentor, con la piel hecha jirones, reflejando en su faz el limitado esfuerzo de su condición humana, no puede por menos que dejar correr una lágrimas por sus amoratadas mejillas.

 

Mayor Dolor no cabe y los Hermanos de esta Cofradía quieren testimoniar su pesar y su arrepentimiento acompañando a sus Sagrados Titulares, envueltos en negras túnicas ceñidas a sus cuerpos con basto cíngulo de esparto.

 

Mayor Dolor no cabe y bizarros legionarios dan escolta a los pasos, haciendo ver que ellos a imitación de Cristo quieren ser, en su actitud de servicio a los demás, “novios” de la muerte.

 

Mayor Dolor no cabe y Cristo, el Señor del Mayor Dolor, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, eleva su mirada suplicante. La escena nos la imaginamos todos. Los soldados le habían llevado dentro del atrio, donde habían convocado a toda la cohorte. Allí le vistieron una púrpura y le ciñeron una corona tejida de espina y comenzaron a saludarle: Salve Rey de los judíos. Y le herían en la cabeza con una caña y le escupían, e hincando la rodilla, le hacían reverencias. (M. 15, 16-19)

 

Y en la Plaza de San Sebastián, otra vez fuera Pilatos le dijo: Aquí os lo traigo para que veáis que no hayo en el ningún crimen. Salió pues Jesús con la corona de espinas y el manto de púrpura y Pilatos presentándolo al pueblo, les dijo: ECCE-HOMO (Aquí tenéis al hombre). Cuando le vieron los príncipes de los sacerdotes y sus servidores gritaron: ¡crucifícalo!. Viendo Pilatos que nada conseguía, sino que el tumulto crecía cada vez más, tomó agua y se lavó las manos delante de la muchedumbre diciendo: Yo soy inocente de esta Sangre (M. 27, 24), tomadlo vosotros y crucificadle, pues yo no hallo delito en él  (J. 19,16).

En este preciso momento, cuando al Señor se le obliga a ponerse sus vestiduras propias  (Mc. 15, 20):

 

¡Señor!. ¿Por qué te lastiman tanto?.

¿Por qué no les conmueve verte

escarnecido, humillado e hiriente?.

¿Por qué flagelan tu cuerpo santo?.

¡Almas ingratas, cobarde gente!,

que al paciente Jesús Nazareno

obligan, después del flagelo,

a buscar sus ropas esparcidas por el suelo.

Os contemplo caído

Cristo del Mayor Dolor

Y el alma se me hace añicos.

¡Un Dios caído en tierra!

¡Un Dios al oprobio reducido!.

No tienen bastante Señor

con verte ensangrentado y herido

que aún te empujan al suelo

y te hacen buscar los vestidos.

 

VIRGEN DEL MAYOR DOLOR.

Y tras el Cristo del Mayor Dolor el Mayor Dolor de María:

 

Noche amarga

de negra Luna

se alza sobre la llanura

de esta noche santa.

Mayor Dolor no cabe

en el pecho de la Virgen pura,

que al cielo

con tremenda amargura,

los ojos alza.

Y mientras camina

tras el hijo de sus entrañas

Hasta el silencio se hace mudo en el aire

cuando en su paso vacilante

se adivina tan grande dolor

que el corazón le parte.

Noche amarga

de negra luna

en esta noche santa,

María

con manos crispadas

en el pecho inmenso amor atenaza

que por tanto amor

Mayor Dolor le depara.

 

JESUS DEL RESCATE.

Tras la Sentencia, Jesús del Rescate camina hacia la Cruz por la calle Porterías. Trinitario cortejo que tanto sabe de vida de piedad y de fomentar el cumplimiento de los deberes de buenos cristianos en todas las clases sociales. ¡Cuánta gente agradecida sigue al Rescatado!.

 

Este Pregonero ha podido constatar más de un hecho milagroso atribuido no sin razón, a la intercesión del propio Jesús. Ya que él mismo nos dijo: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis para que sea cumplido vuestro gozo” (J. 16, 24).

Y si alguno piensa que esto son sólo tonterías, propias de beatas, que pregunte a ese padre que viendo a su hijo con el padecimiento de una enfermedad congénita, irreversible, se aferró al Señor del Rescate y el resultado de sus oraciones no se hizo esperar. Un día recibió la noticia de que su hijo podía ser operado, y encomendándolo de todo corazón al cuidado amoroso de Jesús, se encaminó al hospital que le habían indicado. Hoy, han pasado algunos años, y ese muchacho –que quizás esté aquí también con vosotros- vive sin dificultad alguna. Observad en el pecho de la Virgen de la Piedad una pequeña medalla de oro. No es otra cosa que el testimonio de gratitud de ese padre por el favor tan grande que recibió.

 

Fe sencilla del pueblo que no podemos olvidar ni, mucho menos, marchitar. Que se equivocan los que piensan que nuestra Semana Santa tiene mucho de fanatismo y poco de religiosidad. Que no, que el pueblo es inteligente y sabe que sólo existe un único Dios y cómo ese Dios, por amor a los hombres, quiso hacerse semejante a nosotros naciendo de una Mujer, la Virgen María. Y ese mismo pueblo sabe perfectamente que ese Hombre, Jesús, el Hijo de Dios, sufrió por nosotros y por nuestra salvación los martirios de su Pasión y de su Muerte en la Cruz, y que, al tercer día, Resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha de Dios Padre. Y lo recordamos en esas imágenes para aprender que, para alcanzar la gloria eterna, hemos de tomar cada día nuestra propia cruz y seguirle.

 

Por eso tienen explicación estos hechos y el que una familia venga descalza desde Villanueva de la Concepción para postrarse a los pies de la Virgen del Socorro. Quien a diario suba a verla. Y que ese amigo que todos conocemos se desplace cada Domingo de Ramos, desde Alemania, sólo por el hecho de llevar sobre sus hombros a la Virgen de la Consolación y Esperanza. Y aquel padre, ya anciano, que después de muchos años tuvo la satisfacción de que, el hijo que creía perdido, amarrara junto a él en el palio de la Virgen del Consuelo.

 

O, ¿No es acaso portentoso el hecho de que haya llegado a reventarse la citarilla del Portichuelo cuando la multitud, apiñada, corría la “vega” delante del paso de la Virgen del Socorro, sin tener que lamentar desgracia personal alguna?. ¿O cuando el paso del Dulce Nombre de Jesús Niño se estrelló contra la gente al final de otra “vega”, y todos los que allí estaban resultaron ilesos?.

 

VIRGEN DE LA PIEDAD.

Y es que, amigos míos, junto al Rescate viene la Piedad. La Virgen de la Piedad, que no tiene palio, pues no le hace falta ya que, sus varales, han sido sustituidos por la firme y recia voluntad de sus cofrades, cincelados con buriles de amor y golpes de caridad, que sostienen la malla trenzada con el oro de la Hermandad, sobre la que se asientan los maravillosos bordados del mejor testimonio de fe y de religiosidad que se pueda dar; ve iluminado su rostro por los cirios encendidos del agradecimiento de cuantos habiendo acudido, suplicantes, a sus plantas, han recibido de su inmensa Piedad, el favor que con tanta delicadeza, le habían solicitado.

 

Por ello, la Virgen de la Piedad lleva, entre su perfumado exorno floral, la mejor y más cuidada planta que nace en el alma antequerana: la blanca azucena que, por su amor, Antequera le ofrece a su infinita Piedad.

 

JESÚS NAZARENO DE LA SANGRE.

 

Siguiendo al Señor del Rescate, recordando estos hechos y dándole gracias por su amor y bondad, apenas si nos hemos dado cuenta de que, en la Plaza de San Francisco, Jesús de la Sangre, está recibiendo la Cruz. Esta imagen, una de las tallas más significativas de la estatuaria manierista atribuida a Pablo de Rojas, enseña a los jóvenes estudiantes como hay que ir aceptado las contrariedades que la vida ofrece.

 

Nos quiere explicar cómo por el sufrimiento se llega a la vida que no tiene fin. Que sólo Él es el camino, la verdad y la vida y que los otros senderos, que de continuo nos ofertan en el mercado del mundo, con vistas panorámicas hacia el sexo, el alcohol, la droga, la violencia..., sólo conducen a la oscuridad, a las tinieblas, al fracaso.

 

Aceptad, jóvenes hermanacos, que cruzáis vuestros pechos con esa banda verde –que, de seguro, quiere simbolizar la esperanza que en Él tenéis depositada-, la Cruz que el mismo Cristo os ofrece. Elevad con gallardía su soberana imagen, metiendo con fuerza vuestro hombro bajo  la cargadera. Y mostrad al mundo, con fe y con entusiasmo al que, por nuestro amor, derramó hasta la última gota de su preciosísima sangre.

 

JESUS NAZARENO.

Tomaron, pues, a Jesús, que, llevando su Cruz, salió al sitio llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota (J. 19, 16-17). Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, el padre de Alejando y de Rufo, para que cargara la Cruz (Mc. 15, 21). Esto sucedió por la cuesta de Caldereros y, ya, delante de nosotros, tenemos la sagrada efigie de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Titular de la Real e Ilustre Archicofradía de la Santa Cruz en Jerusalén, más conocida por la de “arriba” y que nos habla de viejos pleitos –hoy por fortuna ya superados- entre franciscanos y dominicos, pero que dieron fama a esta jornada del Viernes Santo antequerano por la pugna existente entre los cofrades de “Arriba” y los de “Abajo”.

 

DULCE NOMBRE DE JESUS.

Y en la cuenta de la Paz el Dulce Nombre de Jesús, Titular de su Pontificia y, también, Real Archicofradía; viendo que le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres, que se herían y se lamentaban por Él. Vuelto a ellas les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos (L. 23, 27-28).

 

Y el Pregonero, mirando a ambas imágenes, en esta noche sin par de la Semana Santa antequerana, no puede por menos que musitar, con la emoción que le embarga, una sentida oración:

 

¡Señor, Señor, sufres mucho!

tienes nublada la frente,

tienes el rostro doliente,

tienes los ojos sin luz.

¡Cuánto te habrá de punzar

esa corona de espinas,

y a tus espaldas divinas

cuánto pesara esa Cruz!.

Qué dolor da contemplar

esas mejillas manchadas

por salivas arrojadas

con desprecio y con desdén;

y mustios y amoratados

por los fieros golpes rudos,

los labios que rieron, mudos

los querubines del Edén...

 

¡Y eres Tú aquél que marcaste

a los astros su camino,

y enseñaste al ave el trino

que lanza al amanecer!.

¡Y eres Tú el que con tu ira

dispones el ronco trueno,

y el que hundiste en negro cieno

al soberbio Lucifer!

 

¿Qué es lo que pudo causar

milagro tan estupendo?...

...Tus ojos lo están diciendo:

¡El amor, sólo el amor!.

El amor, que supo hacer

manso cordero inocente

del Dios grande y refulgente

de la cumbre del Tabor...

 

¡Señor, Señor, al mirarte

con el oprobio en la frente,

y el rayo de amor ardiente

en esos ojos sin luz,

todo en el mundo lo olvido,

todo mezquino lo veo,

y sólo, sólo, deseo

llevar contigo esa Cruz!.

 

 

 

(Jerónimo Jiménez Vida. Poesías. Inst. de Cultura de la Excma. Diputación de Málaga. 1.951).

 

 

VÍRGENES DEL SOCORRO Y DE LA PAZ.

Y en esta madrugada única del Sábado Santo se produce, en Antequera, un hecho de singular relieve: la Virgen de la Paz y la del Socorro se van a despedir, antes de correr sus “vegas”, en la Plaza de San Sebastián.

 

Los surtidores de la fuente serán testigos de cómo la Paz y el Socorro se van “a dar la mano” en ese tradicional y esperado encuentro que, de forma particular, Manuel Higueras y Gonzalo Ruiz, Hermanos Mayores de “abajo” y de “arriba”, respectivamente, van a materializar fundiéndose en un apretado y sincero abrazo.

 

Las bandas de música interpretarán la Marcha Real, las saetas rasgarán el cielo y las dos imágenes frente a frente, meciéndose como sólo en esta tierra malagueña sabe hacerse: a hombros, con un peculiar estilo y ritmo marinero.

 

Absortos ante cuantos ojos contemplan, se nos nubla la mirada, se nos hace un nudo en la garganta y apenas, Madre mía, si atinamos a rezarte.

 

Y si en el Portichuelo eres el Socorro de nuestras vidas, en Santo Domingo eres la Paz que nos falta.

 

Socorro y Paz, dos sustantivos que quieren expresar, en estas advocaciones marianas, los sentimientos de nuestra alma; el deseo de que la Virgen nos ayude y favorezca ante cualquier peligro o necesidad; que nos dé, incluso a cuenta del cielo prometido, la Paz que deseamos; ese estado psíquico de tranquilidad y sosiego que en este ajetreado mundo apenas si conseguimos. ¡cómo buscamos, sin encontrarla, esa Paz afable y duradera!

 

¡Hermanacos!, por favor, no os la llevéis todavía. Esperad un poco más antes de corres esas delirantes “vegas”. Seguid meciendo a estas dos Rosas Místicas que, siendo una misma Virgen, son dos realidades distintas. Y si hay alguien que esto no lo comprenda, Ella si nos entiende. Y mientras la Virgen del Socorro aprieta delante de sí sus manos, como ofreciendo al Padre, en singular patena, por los méritos de su Hijo, el Socorro que le pedimos; la Virgen de la Paz nos las abre para acogernos bajo su manto que, cual morada segura, es el refugio donde la Paz se nos da siempre.

 

Por eso, mientras contemplo en la Plaza de Santo Domingo, junto a la Virgen de la Paz, como corre la “vega” la Virgen del Socorro por la cuesta del Viento, con ese balanceo de su palio. Emocionado por la vivencia, intentando contener las lágrimas que asoman por mis mejillas, ante el asombroso espectáculo que mis ojos ven, en un esfuerzo por arrancar de mis labios la oración que me impiden, tanto el nerviosismo del momento como el acelerado ritmo de mi corazón, dirigiendo mi mirada a esa blanca paloma que es la Virgen de la Paz, quiero decirle a la del Socorro:

 

¡Madre mía!, cuando llegue el trance de nuestra muerte y nos encontremos en el Portichuelo de la vida, dispuestos a correr esa última “vega”, permite que hermanacos angelicales salgan a nuestro encuentro y porten nuestras almas, sobre las cargaderas de sus alas, para presentarlas ante el Altísimo. Socórrenos entonces, Madre mía, a fin de que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo tu Hijo y gocemos, todos juntos, en la eterna gloria, de la dicha de contemplar tan graciosa belleza y vivir por siempre en tu inmensa Paz.

 

 

Palidecidas las rosas

de sus labios angustiados:

mustios los lirios morados

de sus mejillas llorosas;

recordando las gozosas

horas idas en Belén,

sin consuelo ya y sin bien

que sus soledades llene...

¡Miradla por donde viene,

hijas de Jerusalén!.

Virgen del Socorro,

Virgen de la Paz,

rendido de gozos vanos,

en las rosas en tus manos

se ha muerto mi voluntad

cruzadas con humildad

en tu pecho sin aliento,

la mañana del portento,

tus manos fueron, Señora,

la primera Cruz redentora

la Cruz del sometimiento.

(José María Pecan)

 

CRISTO CAIDO DEL CONSUELO.

Más, Cristo, ya no puede más, le faltan las fuerzas y, en la cuesta de Archidona cae bajo el peso de la Cruz. Cristo Caído del Consuelo, magnífica obra de José de Mora que, años más tarde, restaurara Andrés de Carvajal. ¡Qué meditación más profunda con sólo contemplar su rostro!.

 

De soportar no sólo el madero,

sino los pecados del mundo

presente, anterior y postrero

Jesús Nazareno ha caído al suelo,

La sangre que de su frente mana,

se desliza furtiva por su santa cara,

mientras permanece con la rodilla

entre guijarros clavada.

Cristo roto

Cristo dolorido,

Jesús del Consuelo, en le suelo caído.

 

Y la Virgen verá atravesado su corazón por la espada que le profetizó el anciano Simeón. La Virgen de los Dolores, entrelazadas sus manos, seguirá por el itinerario procesional convertido en calle de la Amargura, al Hijo de sus entrañas. Viéndolo padecer, por nuestro amor, su Pasión.

 

¡Qué bonito es el paso de palio de la Virgen de los Dolores!. Antequera quiso hacerte ese trono para tratar de enjugar las lágrimas de tu amargura y, así, entre el granadino Alejandro Rubio, que bordó la maravilla de tu manto, y el paisano Joaquín de Lara, que ejecutó el varal de tu palio, construyeron ese armonioso fanal donde la imagen que, al parecer, ejecutara la Roldana y después restaurara Diego Márquez de la Vega, resplandece en su Dolor.

 

No sufras Señora, le vamos diciendo sin pronunciar palabra, cuando ante nosotros pasa, pues está cerca la hora en que Jesús salga triunfante del Sepulcro. Apiádate de nosotros y calma tú nuestros mundanos Dolores.

 

Y cuando, sola, recorras la “vega” por la cuesta de Archidona de regreso a Belén, llévate, prendida en tu pecho, la fragante rosa de nuestro amor.

 

CRISTO DE LA MISERICORDIA.

Hemos llegado al final de la calle de la Amargura, y en San Pedro el Cristo de la Misericordia, clavado en la Cruz, pronuncia sus siete últimas palabras: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (L. 23, 34). Su Madre, la Virgen de los Afligidos, San Juan, el discípulo amado, y María Magdalena, contempla la escena.

 

¡Cristo en la Cruz!

 

Tres horas en el Calvario, desde la sexta hasta la nona, y las tinieblas cubrieron toda la tierra, el sol se oscureció y el velo del templo se rasgo por medio (L. 23, 44-45).

 

Tres horas en el Calvario y tres Crucificados, en Antequera, nos van a describir, con el patetismo de sus imágenes, el drama inmenso de la agonía y muerte de Cristo en la Cruz.

 

Así, por las calles y plazas de esta Ciudad, convertidas en las naves y crucero de una inmensa Catedral, cuyas columnas estarán formadas por las torres de sus propias iglesias, y sus bóvedas no serán  otras que las del firmamento infinito. El Cristo de la Misericordia, el Cristo Verde o de la Buena Muerte y el Santo Crucifijo, antes de San Agustín y ahora de Santo Domingo, constituirán esa trilogía escultórica que rememorará, plásticamente, la escena del Gólgota.

 

Y en la noche del Jueves Santo, en la Plaza de San Pedro, cuando su Cofradía despida a la de los Dolores, el Cristo de la Misericordia, dirigiéndose al buen ladrón, nos va a decir, a los muchos Dimas que quizás esa noche hayamos comprendido que Él es el Señor del Amor y del Perdón, el Hijo de Dios. Quien devuelve la vista a los ciegos y echa a andar a los paralíticos: “En verdad os digo, hoy estaréis conmigo en el Paraíso” (L. 23, 43).

 

Y cuando con majestuosa solemnidad el paso avance hacia la plaza de San Sebastián, por la calle Estepa, Jesús dirá a su Madre: No te aflijas más mujer, he ahí a tu hijo. Y a nosotros cofrades, representados en ese discípulo amado, Juan, el hijo del Zebedeo, nos dirá: Alegraos, he ahí a vuestra Madre. Y, desde ese bendito día, recibiremos en nuestras casas a la Virgen Santísima, para que sea el Consuelo que alivie nuestras pesadumbres y tristezas.

 

SANTO CRUCIFIJO.

El Viernes, cuando Cristo clavado en la Cruz baje por la cuesta de la Paz, camino de la Encarnación, exclamará: ¡Eloí, Eloí, lama sabachtani! Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc. 15, 34). Y más adelante, por la calle Diego Ponce, dirá: Tengo Sed (J. 19, 28). Y nosotros le daremos a beber posca, esto es agua mezclada con vinagre. Y tú, Señor del Gran Poder, nos sobrecogerás con tu mirada casi perdida, cuando con los brazos extendidos sobre la Cruz, como queriendo acogernos a todos en un abrazo imperecedero, parezcas rozar los balcones de la calle Cantareros.

 

CRISTO VERDE.

Pero el Lunes, que por algo la Semana Santa es intemporal, nos dará la gran lección cuando los estudiantes te vuelvan cara al Hospital. Allí, parecerás, estar diciendo: Todo está consumado (J. 19, 30). Aceptad vosotros que estáis enfermos y cansados la voluntad del Padre, al igual que yo acepté beber el cáliz de la Pasión. No os entristezcáis, mirad mis heridas, ellas os harán olvidar las vuestras. Recibidme en vuestros corazones y yo os daré la salud que tenéis quebrantada.

 

Y de regreso a San Francisco, en pleno corazón de Antequera, Jesús dará una gran voz, que tronará en toda la Ciudad, “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (L. 23, 46).

 

¡Cristo muerto en la Cruz! Cristo de la Buena Muerte, Cristo Verde. Da escalofríos mirar tu imagen inerte. Que triste está la noche, que silencio. Jesús pendiente del madero, yacente.

 

VIRGENES DEL CONSUELO Y VERA-CRUZ.

Y junto a la Cruz de Jesús su Madre, (J. 19,25) la Virgen del Consuelo, que también es la de Vera-Cruz, va a ser partícipe de la Misericordia de su Hijo para quienes fueron sus verdugos. Y permanecerá allí, de pie, hasta su Buena Muerte.

 

Virgen de la Vera-Cruz.

Al contemplarte, Señora,

mi pecho se estremece y acongoja.

De verte silenciar tu pena honda.

De verte humildemente rota.

De ver tus manos crispadas

De ver esas dos lagrimas

rodar tu pura cara

Señora,

mi pecho se estremece y acongoja.

 

Este año, los hermanos de la Antigua Cofradía de Flagelantes de la Sangre y Santa Vera-Cruz, los estudiantes, han hecho un gran esfuerzo porque tú, Señora, vayas bajo palio en un trono restaurado y remozado con sus propias manos. Así, Virgen de la Vera-Cruz, te serán más fáciles esas tres amargas horas del Calvario, junto a la Cruz de Jesús.

 

Y, por algo, llamamos a Maria la Virgen del Consuelo. Porque cuando el Jueves Santo salga de San  Pedro irá diciendo, desde su palio grana, como el amor más encendido, ¡no os entristezcáis, pronto volveréis a tener a mi Hijo con vosotros!. No os preocupéis, era necesario que Jesús muriese en la Cruz para, con su muerte, vencer a la propia muerte y restaurar la vida de la gracia que habíais perdido por el pecado.

 

Jueves Santo en Antequera, amor a raudales, Cristo expira en la Cruz por nuestra salvación y la Virgen nos da el gran Consuelo de aceptarnos como hijos. Por eso nosotros a Ella le cantamos, y la piropeamos, y la mecemos y bailamos su trono una y otra vez; porque madres habrá pero como la Virgen ninguna.

 

CRISTO DE LA SALUD Y DE LAS AGUAS.

Pero, en Antequera, el Viernes Santo lo volveremos a recordar, no sólo en la diaria celebración eucarística, en la que Cristo se inmola constantemente en nuestros altares, sino en esa procesión de gloria del tercer Domingo de Mayo cuando el Señor de la Salud y de las Aguas salga de San Juan para bendecir los campos. Y para decirnos que fuera de Él no hay salud posible y que sólo Él es la fuente de Agua viva, un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

 

Magna Cruz de Mayo con Cristo bajo palio, al que alumbra Antequera entera. Impresionante manifestación de fe con la que, no cabe duda, se mantienen vivos los rescoldos de nuestra católica tradición.

 

Mas todo está consumado y, Cristo, dando un fuerte grito expira en la Cruz.

 

SANTO ENTIERRO.

José de Arimatea consigue permiso de Pilatos para enterrar a Jesús. Fúnebre cortejo en el que el cuerpo yacente de Cristo, envuelto en blanco sudario y perfumado con una mezcla de mirra y áloe, es trasladado al sepulcro.

 

Todo el pueblo, en medio de un impresionante silencio, irá desde el Carmen y hasta el Carmen, bajando la cuesta de los Rojas, tras la magnífica y barroca urna que contiene el cuerpo inerte de Cristo.

 

Este año, además, acompañando a María Magdalena, María Salomé, María de Cleofás, a Juan –el discípulo amado- también irá María, la Madre de Dios, la Virgen de la Soledad.

 

Sí, este año ya no quedará sola la Soledad, después de sesenta y cuatro años de no acompañar a su Hijo, esta próxima Semana Santa, la Soledad y Quinta Angustia, bajo ese palio extraordinario, ira detrás del Sepulcro.

 

Ya no estará más sola la Soledad.

Ni la sombra la envolverá en su Capilla,

ni regarán lágrimas, su mejilla

ardiente, en tan largo claustro de soledad.

¡No!, que la Madre no estará más sola,

que la acompañarán penitentes hombros

por calles, plazas y recodos...

donde con Ella llorará el pueblo devoto,

donde con Ella sufrirá

donde con ella se arrodillará.

¡No!, ya no estará más sola la Soledad.

 

RESUCITÓ.

Mas el Domingo, el día primero de la Semana, muy de madrugada Cristo, vencedor de la muerte y del pecado, saldrá triunfante del sepulcro. Y el Resucitado nos bendecirá cuando entre vivas y aplausos sea procesionado por toda la Agrupación.

 

Cortejo multicolor de nazarenos que lucen sus túnicas penitenciales como queriendo decir que sí valió la pena sufrir el dolor de la muerte, porque, gracias a ella, hoy nos cabe el gozo de gritar a los cuatro vientos:

 

¡Cristo ha resucitado!

¡Cristo ha resucitado!

Aleluya.

 

Y al igual que con la Resurrección celebramos la Pascua cristiana y pasamos de las tinieblas a la vida; quedando atrás la Pasión y la Muerte. Llegado este punto también queda atrás el Pregón. Más, antes de poner el punto y final, permitidme que, si al principio pedía al Señor que me asistiese en este trance, sea ahora a la Madre, a la Virgen Santísima Reina del Amor Doloroso, a la que dé las gracias por haberme permitido llegar hasta el final. Para que, por su intercesión mediadora, lleguen hasta el propio Jesús estas palabras como una ofrenda espiritual de mis sentimientos cofradieros.

 

ORACIÓN FINAL.

Dios té Salve, Reina y Madre de los Remedios. Vida y dulzura, Consuelo nuestro.

 

Dios te salve, a tí llamamos los cofrades antequeranos, a tí suspiramos arrepentidos de nuestros pecados, a fin de que seas por siempre nuestro Socorro.

 

Ea pues Señora, Consolación y Esperanza nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos llenos de infinita Piedad y, después de este destierro, ¡oh Madre del Mayor Dolor!, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre que, desde el madero, nos alcanzó la eterna Paz. Cuando a la Vera-Cruz sufriste, en la Soledad del Calvario, los Dolores que te profetizó el anciano Simeón.

 

¡Oh clemente Madre de Amor!.

¡Oh piadosa mujer!.

¡Oh dulce Virgen Inmaculada!.

 

Ruega por estos tus siervos, Santísima Madre de Dios, para que por Él seamos elevados a la dicha inmensa de ser acogidos en el cielo cuando, vestidos de nazarenos, iniciemos esa etérea procesión que, por los siglos de los siglos, hace Estación, no de Penitencia, sino de Gloria, en la celestial Basílica. Amén.

 

Y a tí, Antequera, ¡Dios te salve, llena eres de gracia!.

 

He dicho.

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