Agrupación de Cofradías de Antequera

Plantilla creada por Conexanet

(1972) D. Rafael Artacho López (Padre) - El Pregón

 

P R E G Ó N

“Primero que te olvide volverán los
ríos a sus fuentes, y andarán por
los montes los delfines”.
P. Espinosa.

 

He puesto como lema a este trabajo, la frase sin igual de nuestro vate Pedro Espinosa, en su Panegírico a la Ciudad de Antequera, como punto de referencia para decidirme a fraguar este Pregón. Mis cortos conocimientos, mi escasa “vis” poética y la falta de oratoria hubieran sido motivos más que suficientes para declinar este ofrecimiento. Pero, de un lado la amistad de siempre con el Señor Presidente de la Agrupación de Cofradías, que me pedía este favor; de otra, el honor que para mí supone representar este cargo de pregonero; y por último, la ocasión que se me presenta, para de mi corto repertorio, intentar hacer una apología de nuestra querida Antequera, que no sé si contagiado al leer y revolver los escritos y apuntes de tanto buen antequerano que siempre tuvieron en sus labios, para alabar y ponderar nuestras glorias, nuestra historia, sus obras de arte, sus mujeres, nuestros poetas y hombres de ciencia, no me puedo resistir  a aprovecharme de esta oportunidad que se me brinda.

Antequera sigue siendo para los enamorados de la patria chica,  el ídolo de nuestra admiración, el espejo donde mirarse y parangonar toda clase de valores que desde tiempo inmemorial aparecieron como emporio de su nobleza, dignidad, valentía, patriotismo y hospitalidad, que a todos nos enorgullece.

Hoy me ha tocado el turno de ser pregonero de nuestras fiestas de Semana Santa; no quisiera que  censuraseis  el tono poco poético, la frase recortada, la expresión incompleta, quizás la falta de expresión, pues que ello es hijo, como antes os digo, de la pobreza de lenguaje, el poco conocimiento de la oratoria y la parquedad de mis conocimientos. Tan sólo tened en cuenta la buena voluntad que me anima, con lo que espero sabrán disculpar los defectos que puedan contenerse en mi cometido.

Y contando de antemano con vuestra benevolencia, allá voy a lanzarme a pregonar a los cuatro vientos las solemnes fiestas de Semana Santa, que estamos próximos a celebrar.

Ilustrísimo Señor Alcalde, dignísimas autoridades civiles y eclesiásticas, Señor Presidente de la Agrupación de Cofradías, cofrades todos, señoras y señores que me escucháis:

Sabed como Antequera se viste  de sus mejores galas; saca a relucir del fondo de sus arcas las preseas que fueron amontonadas tras el decurso de los siglos, para hermosear, para embellecer más y más los vistosos y hermosos tronos y las bellísimas imágenes de Nuestro Señor y de su Santísima Madre, en sus diversos títulos y advocaciones, que rememoran el tan trágico, como inconmensurable episodio de la Pasión de Jesús y los varios acontecimientos que culminaron en el Gólgota, para la redención del humano linaje.

Antequera cuanta con sobrados elementos para ir luciendo día a día y exhibiendo durante toda la Semana Santa, parte de su tesoro artístico, el apropiado para estos días. Guarda un sin fin de imágenes, de las que no se sabe cuál escoger para su mejor lucimiento, ya que su abundancia daría lugar a programar  y llevar a cabo, no ya una semana, sino toda una cuaresma de procesiones con la variedad y gusto consiguientes, pese a las taimadas enajenaciones y furtivas transacciones que, validos de la necesidad y de la ignorancia, han mermado en algo nuestra riqueza cofradiera.

Vamos pues a dar publicidad hacia todos los puntos cardinales nuestro programa procesional: Domingo de Ramos, saldrá de la Iglesia de San Sebastián la procesión de Jesús a su entrada en Jerusalén, conocida vulgarmente por “La Pollinica”, que preside la imagen de María Santísima de la Esperanza.

Martes Santo, a las ocho y media de la tarde, tendremos las procesiones de, la Cofradía conocida hasta hoy por la de los Estudiantes, que llevarán la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Sangre, del Cristo Verde y Nuestra Señora de la Vera Cruz. También este mismo día, y a la misma hora saldrá de la Iglesia de la Trinidad la del Santo Cristo del Rescate, seguida de otro paso que lleva la imagen de la Virgen de la Piedad.

A partir del Miércoles Santo, con la salida de la Colegiata del Señor del Mayor Dolor y Nuestra Señora del Mayor Dolor, comienza el auge y la efervescencia procesional, ya que ésta, sobre todo en sus finales, reviste carácteres insospechados de fervor y entusiasmo, tanto por el recogimiento y silencio de sus penitentes, como por la apoteósica llegada a la Plaza de San Sebastián, donde el fulgor de múltiples bengalas, gritos ensordecedores y a los compases de las bandas de música que concurren a esta procesión, con sus armoniosas marchas y variadas interpretaciones, hacen su entrada las imágenes en el templo  entre los aplausos y los acordes del himno nacional.

Ya entramos de lleno en el Jueves Santos con las cofradías, que pudiéramos llamar, de rancio abolengo. Este día sale de la Iglesia de  San Pedro la Virgen del Consuelo, a la que antecede el Cristo de la Buena Muerte, que bien puede rivalizar en belleza, atuendo y riqueza con las mejores de España. Esta noche, ya que se puede ir a la Cruz Blanca, a presenciar la asomada a la Vega de estas imágenes, que en rápido descenso y aún más veloz subida, entre bengalas y músicas, y una muchedumbre que corre enfervorizada y entusiasmada con estas carreras, dan la nota más emocionante e inigualable de todo su trayecto.

Pero sigamos nuestro programa, al que llegamos en el Viernes Santo al paroxismo de la belleza, a la sublimidad del entusiasmo; a la exhibición por antonomasia de riqueza cofradiera, al esplendor inconcebible, a la devoción sin parangón de un pueblo que venera a sus Vírgenes, de la Paz y del Socorro, con un fervor y un cariño que en todos los tiempos dieron buena muestra los antequeranos. Sí. El Viernes Santo tiene su salida; a las siete de la tarde, de la Iglesia de Jesús, Nuestra Señora del Socorro, que va precedida por los pasos de, la Santa Cruz de Jerusalén, insignia de esta Cofradía,  y la de Jesús ayudado por el Cirineo. A las ocho de esta tarde, lo hará de Santo Domingo, la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús y Nuestra Señora de la Paz, a la que acompañan, antes el Niño Perdido, símbolo de su nombre, que hoy se reemplaza por el paso  del Santo Crucifijo; y seguidamente por el Cristo Nazareno con la  cruz a cuestas, para presidir en artístico y bello trono la no menos preciosa imagen de la Virgen de la Paz; los que ya en una extensa y  prolongada comitiva, desfilarán juntamente por el itinerario de costumbre, hasta su regreso a la Plaza de San Sebastián, en donde tiene lugar el acto emocionante de la despedida de las imágenes de ambas Cofradías, entre gritos de la multitud, un sinnúmero de bengalas y las composiciones musicales que interpretan conjuntamente las bandas que asisten para amenizar estas procesiones.

Finalmente, para la tarde del Sábado Santo, queda la procesión del Santo Entierro, a la que concurren las representaciones de todas las Cofradías y Hermandades, el clero regular y secular, señoras y caballeros, que en un respetuoso cortejo acompañan silenciosos, para no distraer de su inmenso dolor a la Soledad, que sigue el cuerpo exánime de su Hijo, al que conducen en la artística urna renacentista - barroca, y que en breve volverá a hacer su entrada a la Iglesia de San Sebastián, de donde salió.

 

Os he anunciado el programa de nuestra Semana Santa.

 

Ya cumplí con mi misión de Pregonero; pero a trueque de salir vilipendiado por mi excesiva conversación, no quiero dejar de haceros, al menos, un bosquejo, una síntesis, un breve historial del origen de nuestras procesiones y cofradías.

No es Antequera un pueblo que ha repentizado hoy su programa de procesiones, con el fin de atraer al turismo y explotar estas fiestas. Jamás ha anidado en los corazones de los antequeranos el ansia de lucro, ni de la vanidosa ostentación de sus valiosas procesiones. No. Antequera tiene su raigambre, su solera cristiana y sus devociones, desde tiempo inmemorial.

En el transcurso de la historia, vemos que sus procesiones son el exponente, la expresión, la identificación de su fe; la demostración de su amor  a Cristo nuestro Señor y a su bendita Madre.

 

Las procesiones no se han improvisado en Antequera. Son tan antiguas como su nombre indica.

 

Partamos de la época prehistórica, en que ya dieron muestras nuestros primitivos pobladores, al construir los suntuosos hipogeos para aquellos tiempos, a donde procesionarían seguramente los restos mortales de sus jefes, a la cueva de Menga, catedral del Neolítico, y cuevas de Viera y el Romeral. Yo me figuro una muchedumbre de personas de toda clase, mustios, acongojados, serios, amenizado el cortejo por el ronco zumbar de atabales y cuernas, y con un nutrido grupo de plañideras, conduciendo a la última morada a sus caudillos.

Me imagino también, durante el dominio de la Roma pagana, pasear sus deidades por las calles y plazas de Antikaria, de Oscua, de Singilia y de Nescania, en sus fiestas Lupercales, Matronalias, Saturnales, etc. Posteriormente, y, sigo haciendo volar a mi imaginación a la época de los primeros siglos del cristianismo en Antequera, llevando en aras de su devoción a las imágenes más queridas, llenos de aquella fe inconmovible que sus antepasados habían ratificado y sellado con el martirio.

Pasemos al siglo X, y refiramos aquella procesión de catecumenos, que nos describe el P. Agustín de Antequera, en su libro Bobastro, y que desde el Castillo de Ben Hafsun, en las altas cumbres de la Mesas de Villaverde, irían hacia la iglesia rupestre, tallada más que construida por los mozárabes, acompañando a Omar, su familia y alguno de sus caudillos, para recibir las saludables aguas del bautismo.

Llegamos al siglo XV. Recordemos aquella procesión castrense de principios de Mayo de 1.410, que llevaban en andas la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, enmedio de las tropas, y en perfecto orden de combate, para, poco después, hacer morder el polvo a las huestes del sultán granadino, que acudiera a liberar de su férreo cerco a la Antequera muslina.

Acordémonos de aquel primero de Octubre  del mismo año, en que el Infante Don Fernando el de Antequera, después rey de Aragón, ordena y preside otra solemne procesión, de  acción de gracias, que partiendo del hoy Coso de San Francisco, con el acompañamiento del clero, capitanes, hombres de armas y todas sus huestes, acuden al castillo recién conquistado, para consagrar y erigir un templo cristiano, bajo el titulo de El Salvador, la mezquita árabe que hasta hacia unos días había congregado para la oración a los mahometanos.

Y por fin llegando a la edad moderna, en que nos refieren los cronistas se hacían procesiones de penitencia el Viernes Santo, con el Cristo de la Vera Cruz y Nuestro Padre Jesús de la Sangre, que saliendo del Convento de San Zoilo, allá por los años de 1.543, subían al Cerro de la Cruz, para desde aquella ermita rendir pleitesía y rememorar la pasión del Señor, al propio tiempo que impetraban la bendición de la hermosa vega y sembrados. También por aquellas fechas existía ya en Santa María de Jesús la Cofradía del Dulce Nombre, cuyas imágenes eran llevadas igualmente hasta el citado Cerro de la Cruz entre el fervor y oraciones de los antequeranos.

Es por aquellos tiempos, cuando el pueblo antequerano comienza a dar un mentís rotundo a la Contrarreforma, acatando y aceptando jubilosos, de acuerdo con sus creencias, el culto a las imágenes que propugnara el Concilio de Trento; dan un espaldarazo a las consignas iconoclastas de Lutero y Calvino, y más que nunca se siente hija de la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica. Van surgiendo aquí y allá cofradías que, unas la erigen los gremios laborales; otras los patronales; unas la Comunidades religiosas, otras la nobleza; y otras, en fin, el pueblo que se sincroniza con sus distintos simpatizantes y devotos y van dando lugar a la constitución de hermandades y cofradías, que siempre son sometidas a la aprobación de la Iglesia.

No habría de tardar mucho tiempo que se originara  la rivalidad de los Terceros, de Jesús, con los Dominicos. Estos últimos presentan el privilegio de reservarse para sus conventuales iglesias las Cofradías con la advocación del Dulce Nombre; lo que tras un largo proceso consiguen, pasando a Santo Domingo esta Cofradía y sus imágenes.

Los Narváez, patronos de Santa María de Jesús, ante este resultado, erigen canónicamente en 1.620 nueva Hermandad bajo el título de la Santa Cruz de Jerusalén y Nuestra Señora del Socorro. Es a partir de entonces cuando se acusa el pugilato de esta Cofradía con la de Santo Domingo, que patrocinaban los Chacones, originándose en múltiples ocasiones acaloradas discusiones y altercados, entre los ya conocidos por “de Arriba” y “de Abajo”, que generalmente acababan en serias reyertas, hasta el punto de quedar suspendidas las procesiones durante bastantes años, en bien de la paz y tranquilidad del pueblo.

Se erigen, en 1.568 la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad, en la Iglesia del Carmen, por el gremio de curtidores; en 1.580 la Cofradía del Santo Crucifijo y Entierro de Cristo, en San Agustín, que patrocinan los Díaz de Rojas; en 1.596 la Cofradía del Cristo de la Humildad, en el Convento de Mínimos de San Francisco de Paula, hoy la Victoria; y en 1.640 la Hermandad del Cristo de la Vía Sacra, en los Remedios, a solicitud de gran número de fieles; y ya entrado el siglo XVIII se funda en los Carmelitas Descalzos de Belén, la Cofradía de los Servitas de la Virgen de los Dolores, que organizan los hortelanos y matarifes. Después la de Nuestra Señora del Consuelo en la Iglesia de San Pedro. Finalmente, en nuestros días hemos visto surgir las Cofradías del Mayor Dolor y la Pollinica en San Sebastián, la de los Estudiantes en San Francisco y la de Nuestro Padre Jesús del Rescate en la Iglesia de la Trinidad.

Desde los primeros tiempos se crea entre todas el pugilato y la competencia, que pugnando en una noble emulación, dan como resultado el desprendimiento con que costean sus efectos, tratando siempre de mejorar más y más nuestras procesiones; de dotar de lo más rico, de lo más precioso y preciado  al Autor de la Naturaleza; a su Santísima Madre.

En consecuencia y como a una voz, se dan cita en Antequera, todas las artes, para la edificación de nuestros templos; para enriquecer de joyas artísticas nuestros pasos y para encumbrar más y más los atuendos de nuestras procesiones; para tributar el homenaje más cálido, más fervoroso a las imágenes de mayor veneración.

 

Antequera comienza a vivir su siglo de Oro desde los finales del siglo XVI y comienzos del XVII.

 

La nobleza que se había establecido en nuestra Ciudad para disfrutar de los repartos de tierras que cupieran a sus antepasados como premio a sus proezas y heroicidades en la guerra de la Reconquista, protegen y hacen acudir las distintas Ordenes Religiosas, que van edificando sus cenobios y conventos. Esto significó bien pronto la germinación de la semilla del Evangelio, con la religiosidad y devociones marianas, sobre todo;  creando un ambiente de cristianización que se difunde en la sociedad, polarizando en una Antequera eminentemente cristiana.

Contribuye también su Escuela de Gramática, hechura del Cabildo Colegial, dirigida por las eminencias del saber que ya conocemos, Vilches, Juan de Mora, etc.  que promueven un gran ambiente de cultura, y de la que salen hombres tan ilustres en las ciencias y en las artes, que dan lugar a que fuese conocida por la “Atenas Andaluza”.

Vivimos por entonces una gloriosa página de la Antequera mariana, que se antepuso en dos siglos (1.664) a los dictámenes de la Iglesia, proclamando el dogma de la Inmaculada Concepción de María, celebrándolo con inusitados festejos, y haciendo jurar en sus documentos de toda índole y a toda persona este hermoso Dogma.

Y para construir todo el patrimonio que hoy disfrutamos, para llevar a cabo tantas obras de arte de todo tipo, como antes digo, se dieron cita en Antequera los diferentes gremios en todas las ramas: Pedro del Campo, Herrera, José Bada, nuestros paisanos Cristóbal Ruiz y Andrés Burgueño, titulados, alarifes y maestros de la albañilería, y de otros muchos, que construyen los grandiosos templos de Santa María, San Sebastián, San Francisco, Santo Domingo, Madre de Dios, etc. etc. modelos e imitaciones felices de aquellos genios de la arquitectura.

Hacen su aparición  afamados tallistas que nos legaron los hermosos retablos de Santa María de la Esperanza, Nuestra Señora de la Antigua y templete del altar mayor de San Sebastián, y tantos otros. Derrochan este maravilloso arte, Luis de Arevalo, al decir de José María Fernández, en el barroquísimo altar mayor de la Iglesia del Carmen, con sus colaterales de San Elías y el Ecce Homo; más los artesonados de Santa María, El Carmen, San Francisco y la Encarnación.

Igual derroche de arte apreciamos en nuestros paisanos Bernardo Simón de Pineda y Pedro Roldán, en el hermoso retablo barroco y su ático del altar mayor de la Iglesia de los Remedios.

Alarifes notables que construyen las afiligranadas torres de San Sebastián y Madre de Dios, la bellísima portada de las Carmelitas Descalzas y las capillas del Portichuelo y de la Cruz Blanca, a más de bellos edificios y casas particulares.

Acuden especializados estuquistas que manejan el yeso y la escayola prodigiosamente en las atolondradas yeserías, sobre todo en Belén y San Juan de Dios, las Recoletas y otras varias.

Aparecen así mismo los plateros; Juan de Murcia, los Gálvez, Nuñez de Castro y tantos otros, que con sus ingeniosos y artísticos buriles construyen, o mejor dicho dibujan las maravillosas obras de orfebrería, que muchas de ellas se exhiben en nuestras procesiones: desde coronas, y medias lunas para las vírgenes, soles, cruces, y una prodigiosa  y extensa serie de estandartes repujados en plata; y para adorno de los tronos, varales, floreros y cornucopias, hasta llegar a los tronos íntegramente de plata; que todo ello pudisteis admirar en nuestra exposición, con motivo del Día de la Provincia, en Noviembre de 1.970; y en el Museo los pasados días, con motivo de la visita a Antequera de los Príncipes de España; y como así mismo podrán apreciar en las procesiones de Nuestra Semana Mayor. Si queréis salgamos de los efectos procesionales y adentrémonos en los tesoros parroquiales y conventuales, donde apreciamos los, vasos sagrados, custodias, ostensorios, portapaces, ciriales, incensarios, porta-viaticos, diademas, vinajeras, relicarios y un sin fin de riquísimas preciosidades que avaloran enormemente nuestro patrimonio artístico. Tenemos imagineros, como los antequeranos Márquez de la Vega, Carvajal y su hijo, Pedro Roldán, Márquez García, que en unión de otros artistas de las escuelas granadina y sevillana, modelan y crean las bellas imágenes de nuestros Cristos y de nuestras Vírgenes, así como tantos otros iconos, dejándonos el tesoro de su arte, de su inspiración, de su estro de grandes genios.

Surgen asimismo, en gran profusión, una pléyade de artistas de todo género, que sin querer nada más que esbozar, citaremos: los maestros de la pintura Miguel de Angulo, Jerónimo de Bobadilla, Gabriel Ortiz, Fray Antonio Trujillo, etc. En música, el licenciado Antonio Barroso, Juan José Jiménez, López Muñoz, Rezaba, Gaspar de los Ríos, Cristóbal Zapata y otros; poetas como Alonso Cabello; Pedro Jerónimo Gaitero, Juan de la Llana, Luciana e Hipolita de Narváez, y tantos otros. En literatura, Pedro de Porras, Cristóbal de la Rosa, Francisco Tejada, Ximenez Savariego, Gaspar de Tovar, por enunciar algunos. Y así, en todas las especialidades, y en todas las épocas van surgiendo figuras de todo género, que debidamente catalogados formarían un cuadro de honor de lo más brillante.

Cuando un pueblo se espiritualiza, como el nuestro, y se educa en la moral, las ciencias y las artes, su semilla cae en campo abonado, surgiendo también como por encanto, hombres de valor incalculable en todos los sentidos.

Si tocamos el aspecto místico, obtendremos los nombre de los bienaventurados, de vida ascética, como Santa Argéntea, Beata Marina Alonso, mártires de Fez, Diego Méndez, que se multiplicaba el trigo en sus graneros al dar limosnas; Juan López, Gaspar de Saá; a más de virtuosos religiosos y religiosas que brillaron por su ejemplar y santa vida: Fray Francisco de Villar, Padres, José, Basilio, Luis, Leandro y Hermenegildo, capuchinos titulados de Antequera; Sor María Montoya, Leonor de Luque y Beatriz Chacón, Juana Sarmiento, Beatriz Álvarez de Castañeda, que de seguir enumerando podríamos llenas varios folios.

Pongamos como colofón a la Madre Carmen del Niño Jesús, que fue, casi en nuestros días, fundadora de las Terciarias Franciscanas.

Citemos, en otro orden, a los héroes y grandes militares que nacieron en nuestro suelo: Omar ben Hafsun, Ruy Díaz de Rojas y sus hijos, Carvajal y Robles, que igualmente descuella en su valor de soldado, como en su genio de poeta; el Capitán Moreno y sus hermanos, el General Ríos, y tantos y tantos otros que brillaron en el campo de las armas cual luminosos astros. Por si ello fuera poco, también encontramos heroínas, en aquellas mujeres que, reprimiendo su dolor ante la perdida de sus maridos e hijos en la desastrosa batalla de la Peña, acuden valerosas ante la falta de hombres, empuñando las armas para defender a la amenazada Antequera, con el valor y la bravura de los leones de Castilla, que en nada desdicen de los hombres en pelea. La morisma levanta el sitio que le pusieran en aquella ocasión, ya que en intrepidez, denuedo y valentía superaban estas a los mejores soldados.

No es que trate de exagerar las glorias de nuestra Antequera. No es una pasión peculiar de antequerano la que me mueve a ello; no es una arrogancia queriendo ponderar la excelsitud y grandeza de nuestra historia, de nuestra Antequera; es una serie continuada de hechos, de personajes, de artistas, de todo tipo, clase y lugar, como habéis podido apreciar, que nos hace sentirnos orgullosos mas y más de nuestra Ciudad del Guadalhorce.

No es una ilusión, ni una quimera la que forja estas charlas; es toda una cadena de hechos y de obras comprobadas y comprobables que podemos apreciar a nuestro gusto y agrado.

Si me preguntarais el porqué de la pluralidad de templos; el porqué de sus admirables obras de arte; el porqué de tantos hombres ilustres; el porqué de sus santos y mártires. Os diré que todo esto fue y es fruto de la fe de un pueblo catequizado por Santiago y sus discípulos; de un pueblo en que sus hijos regaron la tierra con su sangre, dando muestras de sus creencias; de un pueblo que creyendo a su manera, pero con honda fe y raigambre cristiana, presenció los prodigios innumerables que Dios Nuestros Señor le otorgó: dígalo sino, la invulnerabilidad de nuestros soldados en las batallas de, la Boca del Asno, de la Ajarquia, del Puerto de Santa María, merced a la protección de Nuestra Señora.

De un pueblo que, afligido por mortíferas epidemias, sequías pertinaces, aflicciones calamitosas, acude una y otra vez, con fe y confianza a su Virgen de los Remedios, que hace procesión con estos motivos desde el convento de las Suertes a Antequera, para impetrar su protección, o en acción de gracias por las mercedes otorgadas.

De un pueblo que hondamente afligido por el pavoroso espectáculo de una horripilante plaga de langosta, saca en procesión a la Virgen de la Esperanza, que como a un conjuro, se levanta la espesa nube de estos animalitos, que hubieran agostado nuestros campos, para precipitarse sobre el Guadalhorce siendo difícilmente arrastrados por sus aguas.

De un pueblo que,  para pedir la lluvia arranca de sus pedestales a los Cristos de la Sangre, y de la Salud y de las Aguas, para una y otra vez, tener que regresar deprisa a sus templos ante la copiosa lluvia con que nos regalaba la Divina Providencia.

De un pueblo, que afligido casi hasta la desesperación, acude a Nuestra Señora del Rosario, y con tan sólo iniciar su procesión por Antequera, cesa inmediatamente el cólera del que habían muerto varios miles de personas, restableciendo la salud y la tranquilidad a los hogares antequeranos.

Un pueblo que ha visto y experimentado palpablemente tantas veces los beneficios de la providencia, no guarda una fe efímera, que pueda perderse y olvidarse tan fácilmente; tiene que tener una raigambre, que como vemos, se traduce en todas sus manifestaciones espirituales; tiene una fe profunda, que sin saber de otra manera expresarla, lo hace a su modo, ostentando su credo y su fervor, derrochando sus bienes y patrimonios a honra y gloria de sus mayores y mejores devociones.

Hoy día que parece toma la religión otros cauces, en consonancia con los actuales tiempos, se pretende quitar esta ostentación de riqueza, fausto y elegancia a las exteriorizaciones religiosas; nuestros antepasados contrariamente consideraban que habían de darse, habían que dedicar lo más preciado, lo más rico, lo más artístico para los ojos del hombre, a la Divinidad; a las cosas sagradas; a nuestras imagines más devotas.

Por otro lado, parece también no están de moda, pudiéramos decir, estas manifestaciones de culto externo. Se tiende a un casi único culto a Dios, pero visto en el hombre, al que por todos los medios se quiere mantener, acudiendo a sus necesidades, dolencias y a un mejoramiento de vida.

Si por estos cauces debe seguir Antequera, no nos quepa duda que habrá de seguir por ellos y ratificar y practicar una verdadera caridad, puesto que su religiosidad, hemos dicho, tiene raigambre y solera y lo ha de seguir demostrando una y mil veces en todos las aspectos.

Pero no dejemos de considerar, que si antaño expresaba su sentir religioso con estas exteriorizaciones; y si este es y ha sido su forma de sentir, y aún anida en sus mentes estas formas de culto a, creo debe respetarse y seguir la tradición que desde siglos pasados donó con el mejor fin al rendir culto a sus imágenes, a exteriorizar sus creencias a su manera, y que en modo alguno, creo estén en desacuerdo con el verdadero sentir de la Iglesia, pues Trento fue el que propugnara la veneración, culto y respeto a las imágenes.

Y no dudemos jamás, que si Antequera siempre demostró sobradamente su esplendidez y desprendimiento, y si las nuevas corrientes invitan a los fieles antequeranos a acudir a las demandas que se le sugieran en el verdadero sentido cristiano, no dejará de hacerlo.

Pero no pretendamos, ni queramos que se enajenen, y malbaraten unas joyas que, aparte su valor material en sí, acreditan los expresados conceptos y por tanto son de un valor incalculable, y que nuestros mayores lo hicieron para gloria de Dios, por devoción a sus imágenes y quedan para honra y orgullo del pueblo antequerano. De obrar así heriríamos los más nobles sentimientos de un pueblo que, con tales dispendios, con esta prodigalidad y desprendimiento, dieron sobradas muestras de su catolicidad, y de respeto y amor a nuestra sacrosanta religión.

Sería interminable, de continuar hablando de estos temas; además me doy cuenta que me he desviado seriamente de la misión encomendada, y que me ha traído aquí. Me he apartado de mi cargo de Pregonero para adentrarme en el campo de la historia, si bien en su mayor parte no es sino el origen y la causa de nuestras cofradías, de nuestras procesiones.

Ya os decía al principio que no dejaría pasar la ocasión de hacer un panegírico de nuestra Antequera; que tanto en el orden procesional, como en el cultural y artístico, así como en el religioso, ponen muy alto su nombre y al nivel de las mejores ciudades de España.

 

Pero volvamos a nuestra misión de Pregonero.

 

Ahora acompáñame y podrás observar de los más vistosos espectáculos.

 

Los desfiles de la Cofradías, que preceden a la salida de sus imágenes. De las casas de sus Mayordomos, salen uniformados y en dos filas los penitentes con sus variadas y distintas túnicas tras su directiva que encabeza estos cortejos, para separados de cada paso, avanzar los hermanos mayores, con sus campanilleros, indumentados con ricas túnicas recamadas en oro y pedrería, como heráldicos anunciadores del boato y elegancia que caracteriza a cada una de ellas.

Figuran en el centro de estas filas, los llamados tarjeteros, portadores en fuertes varales, de numerosa cantidad de deliciosas pinturas enmarcadas en bellas cornucopias  con revestimientos de plata labrada, soles figurados con finísimos trozos de espejo magistralmente recortados y artísticas banderolas y estandartes, en chapa repujada en diversos tipos y tamaños, más un sin fin de abalorios y primores de toda clase. Cierran estos desfiles sendas bandas de música requeridas al efecto.

Y así día tras día, si me sigues acompañando, podrás presenciar tantos desfiles como Cofradías tienen su salida, con una hora de antelación a su procesión.

Y,  que decirte de sus tronos; en todos los estilos, con sus argénteos varales, sus revestimientos en repujados del mismo metal; trabajos de excelentes tallistas y orfebres, que con sus prodigiosas gubias y mágicos buriles modelaron graciosamente sus maravillosas peanas.

Y que hablarte de los preciosos vestidos, cuyo terciopelo se pierde ante el revestimiento de sus bordados en oro, con preciada y variada pedrería. Observa esos riquísimos mantos de la más vistosa y variada modalidad y riqueza: desde el compacto y grandiosos bordado en oro, aderezado de piedras con toda la gama de colores; hasta los tejidos tules y brocados y tafetanes delicadísimos; desde los tisús de oro y plata, hasta los afiligranados encajes, que parecen salidos de los hilanderos talleres del Olimpo; ven, ven conmigo y aprecia todo este conjunto de maravillas con que atavían y presentan nuestras procesiones de Semana Santa.

Y, ¿cómo no hacer referencia a sus imágenes?.

¿Has visto ese Cristo de la Sangre, de talla algo más que natural, con la cruz a cuestas, el rostro de dolor y extenuación que se aprecia?. ¿No oyes, viéndolo con tus ojos, ese lenguaje mudo en su cara, que, pese a sus dolores, parece que te mira amante, anticipándose a concederte el perdón y la gracia que le pides? .

¿Té fijas en esa imagen de la Vera Cruz, muestra viva del dolor y de la amargura, de cariño y la misericordia?.

Mira por fin esa imagen del Cristo Verde, obra de Quijano, en donde plasmó magistralmente el “Consumatum est” del último suspiro de Jesús.

Sigue conmigo; vayamos a la iglesia de la Trinidad, y veremos a Jesús preso, que atadas sus manos, triste y angustioso, responde a Pilatos el “Tu dixisti”, al ser preguntado si era rey de los judíos. Mira que moderación de la dignidad en su rostro;  que cara de bondad. Contempla esa imagen de la Virgen de la Piedad, con la expresión de ternura y amor con que nos mira.

Pero, no nos paremos; vente a San Sebastián y contemplarás al Cristo del Mayor Dolor, que con el paroxismo del sufrimiento, después de su flagelación, y al querer recoger la túnica para ocultar su desnudez, cae al suelo, sin poderse levantar, y parece que te suplica con honda angustia tu conversión y tu piedad. Mira también a su Santísima Madre del Mayor Dolor, con el ademán de angustia tan perfectamente modelado.

Mas no te canses; lleguemos a San Pedro y apreciarás la belleza de la imagen de la Virgen del Consuelo, y ese Cristo de la Misericordia, acabados modelos de arte y maravillosa expresión en sus rostros y formas.

Vayamos a la iglesia de Jesús, donde contemplaremos a la Reina de los Ángeles en su típico marco del Portichuelo, y a la par que nos extasiemos con sus bellos panoramas, veremos después la preciosa insignia de la Cruz de Jerusalén llevada por ángeles; seguidamente a Jesús con la cruz a cuestas ayudado por el Cirineo, donde no sabes si admirar más la elegancia de su trono, las facciones del Cirineo, si el hermoso Cristo que te conmueve con su expresión de dolor. Ve ahí a nuestra morena Virgen del Socorro, reina de los ángeles y Madre nuestra, con ese empaque de dignidad aun en su dolor y que parece va repartiendo sus miradas y sus gracias a los hijos de Antequera.

Bajemos a Santo Domingo y veamos los pasos de la Cofradía de “Abajo”; te dije anteriormente que iba en primer lugar el Niño Perdido, obra según dicen de la Roldana; pero le han sustituido provisionalmente por el Santo Cristo, que en la iglesia de San Agustín, formara parte de la cofradía en tiempos pasados, con el Entierro de Cristo.

Mira el Dulce Nombre, Nazareno con la cruz a cuestas, su túnica morada; ve al Dios hombre como en actitud de dar su bendición al pueblo;  como nos dirige su mirada, como compadecido de nuestras miserias y dispuesto a otorgar el perdón a quien fervorosamente se lo pide  arrepentido. Y como destaca la belleza sin igual en la imagen de la Virgen de la Paz; su majestuoso y airoso trono de lo más hermoso que se puede admirar.

Lleguemos finalmente a San Sebastián, y contemplemos una vez mas el Santo Sepulcro, el que en preciosa urna, guarda entre el sudario la imagen de Jesús muerto, de nuestro Redentor. Veamos también a su Santísima Madre, la Virgen de la Soledad, con la expresión de intensa compasión y dolor, la angustia reflejada en su semblante.

Este conjunto de imágenes que ya has visto, como las que, por no desfilar sus cofradías este año, he omitido, cuales son la Soledad y Quinta Angustia y la de los Servitas de Nuestra Señora de los Dolores; todas ellas acusan en sus rostros, las más acabadas y reales expresiones de majestad, dolor, ternura, pena y amargura, que al contemplarlas nos viene al pensamiento para recitar, aquella estrofa del Stabat Mater, que Jacobo de Toldi, más que cantando, gimiendo, y arrancando a su órgano, más que melodías, lamentos, pronunciara en el mayor y ultimo de sus éxtasis:

 

Quis est homo, qui non floret,                      ¿ Quien es aquel que no llora,

Christi Matrem, si videret,                             Viendo a la excelsa Señora,

In tanto suplicio?                                        Puesta en tal desolación?

Qui posset non contristari,                           ¿Quien no gime sollozando,

Christi Matrem comtemplari                          A esta madre contemplando

Dolentem cum Filio?                                    en tan terrible aflicción?

 

Pero, oye, ¿a que no te has fijado en esos hombres del pueblo, humildes, braceros en gran mayoría, de los que no hemos hecho aprecio del valor que representan en su silencio y en su modestia?. Este es el hermanaco; mal llamado a mi juicio, pues yo les conocí siempre con el simpático y cariñoso nombre de hermano.

Fíjate en ese muchacho que lleva a la Virgen del Socorro; va sustituyendo a su anciano padre; al igual que este a su abuelo; y así retrocediendo, de generación en generación, hasta sabe Dios de cuando arranca su hermanazgo. Es posible que no sepa leer, quizás sus antepasados tampoco; pero que todos con su fe, con su entusiasmo y traduciendo su devoción con el esfuerzo y el trabajo, demuestran prácticamente su amor a la Virgen; está dispuesto en todo momento a cargar sobre sus hombros el pesado trono, y a trueque de conseguir una dolorosa llaga en sus hombros, de agotar sus fuerzas físicas en el trayecto procesional, aun le quedan arrestos para, en un último esfuerzo, llevar en volandas, a toda prisa, corriendo, a su querida Virgen hasta culminar las cuestas del Portichuelo. Este hombre ha soportado durante cinco o seis horas, un peso medio de casi cincuenta kilos, para a la postre, dar la típica y sin igual carrera, que significa llevar a la “vega”, como decimos, a su Virgen. Y así todos y cada uno de ellos; y no sólo del Socorro, sino de todos los pasos de Semana Santa.

No sé si sabrás que no interesan un céntimo por su trabajo; ¡ah!, y no trates de quitarle el puesto que ocupa, pues se daría de golpes con quien lo intentara. Y si pretendieras pagarle su trabajo, le inferirías tremenda ofensa, pues significaría para él  casi una simonía, pudiéramos decir; mancharía la honra de su familia, y a los que le antecedieron en su puesto.

Este hombre paga un serio tributo a su fe; quizás no sepa rezar, pero lo hace con el corazón, con la mirada a su Virgen, con su sacrificio y con su esfuerzo. ¿Verdad que no habíais reparado en ellos?.

Pues este que está al frente; el de la esquina; aquel del centro algo más alto que los demás; este otro que consideras físicamente débil para esta briega, para este trabajo; y todos los que veas en las distintas Cofradías, son seres que pasan desapercibidos, pero que constituyen a mi parecer, la típica nota, la auténtica sugestión, el entusiasmo vivido del pueblo, que ve sacar fuerzas de su extenuado cansancio, para llevar alegres, orgullosos y ufanos, al Señor, a la Virgen, a la imagen de su devoción.

Fíjate en el apoteósico subir de esas cuestas, ¿verdad que crees incomprensible, que esos hombres puedan poner el epílogo, ese broche de oro en esas escaladas, en esas carreras que sugestionan al pueblo?.

Pues mira, en todos ellos puedes considerar una heterogénea clase social: los hay labriegos, hortelanos, patronos, empleados, artesanos, mecánicos, carpinteros; son en fin, como te digo, la representación de un pueblo, que orando a su manera, rezando a su modo, creyendo a su entender, dan vida, dinamismo, belleza y vistosidad a las procesiones, representando una parte del pueblo devoto y amante de sus queridas imágenes, y que consideran un honor y un orgullo, el papel que les cupo en suerte.

Conseguimos la meta que nos propusimos en este trabajo.

Es llegada la hora de terminar mi misión de Pregonero; no os quiero cansar más, pues las cuartillas se han ido emborronando copiosamente con este cúmulo de ideas, que no por ser veraces y halagadoras, dejan de ser extenso este pregón, y temo pudiera llegar a seros pesado.

Mas, no quiero dejar de haceros alguna, tan siquiera referencia de la mujer antequerana.

Ese delicioso ser, compañera del hombre, que ya se trate de morena o rubia, pobre o rica, joven o vieja, nos representa y recuerda la mujer de todos los tiempos. Es la que nos subyuga con sus encantos, nos hipnotiza con su mirada, nos embauca con su belleza, nos tiraniza dulcemente con su querer, nos ennoblece y ensalza con sus amores; y que también nos pasmaron con su heroísmo.

Mírala bellamente ataviada de su castiza mantilla y peineta, con esa esbeltez y serio vestir, acompañando al Cristo del Rescate, dando compañía a la Soledad; fíjate en su estática actitud de contemplación, que con sus ojos y su corazón, musitan la oración más expresiva que con sus labios.

Vemos representadas en ellas, a la mujer de antaño, a nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras esposas, nuestras novias; las que en su sagrado destino de crear y formar hogares, dan la felicidad, el encanto, el nexo de unión de la familia; son el genio tutelar; las soberanas de las casas; son las evangelizadoras de todos nosotros y que hoy, como ayer, y como siempre, sembraron en nuestras mentes y en nuestros corazones de niño, al arrullo amoroso de sus melifluos cantares, su entrañable cariño de madre, apasionados besos y entre sorbos de sus maternales pechos, las virtudes que trataron de infundirnos, al contarnos las heroicidades de nuestros antepasados, hombres y mujeres; las acciones nobles y caballerescas, sus gloriosos hechos, sus épicas hazañas y su cultura, para estimularnos a una mejor y mayor estipulación.

Ellas son, las que nos hicieron sentir, tanto en nuestra infancia, como en nuestra juventud, en toda nuestra vida, y por ellas, el ansia de imitar las nobles dotes y hermosos rasgos y virtudes que han ennoblecido y caracterizado a todo buen antequerano, que en nuestro pueblo, en toda España, en el mundo entero, dan fe y corroboran la idiosincrasia del pueblo de Antequera.

 

Esta es la gloriosa Antequera.

Esta es la mujer antequerana.

Esta es, señora y señores, la Semana Santa de Antequera.

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